Recuerdo de uva y queso

Cuando desaparece el yugo de la hora en que desalojar la sala, pueden brotar las sensaciones más felices de nuestro cuerpo; también, como es el caso, recordándolas. La casa madrileña de la editorial Huerga y Fierro tiene esta propiedad emergente: ofrecer uvas, queso y una masa tierna de dulce a quien disfrutamos alargando la conversación, a fuego lento hasta la noche, en la fragua de la literatura, con tantos libros y herraduras, armas, en los anaqueles de alrededor.

Andrés París y Marina Casado en la sede madrileña de Huerga y Fierro.

Semanas antes, habíamos asistido a la presentación del libro De las horas sin sol de la autora Marina Casado, que ahora en mi memoria firma a los interesados sucedidos en una cola expectante. La convención de los minutos poéticos no se alargó en exceso y a las ocho, con el despeje del brumoso cielo, una treintena de personas colocaban sillas y móviles por encima de sus cabezas como un cáliz para un mejor encuadre. Sobre la tarima, tras la sincera introducción del editor Antonio Huerga y las palabras del prologuista, servidor; la autora leyó algunos poemas intercambiando con el público impresiones sobre la gestación particular de cada uno.

Había leído muchas veces aquellos poemas, nunca demasiadas, y esperaba que la voz mejor conocedora de aquellas líneas, imprimiendo ritmo y melodía, les diera un nuevo nivel de sensación. Así fue. Frotaba mis manos cuando entraba súbitamente el aire en mis pulmones compactos al ver que la lírica existe y es. “Ya no se escribe líricamente. Hemos dejado paso a la narración poética”, comentaba Marina en el coloquio abierto con el público. Al final, la evolución en la obra de la autora hacia derroteros de mayor conmoción fue una de las cosas más repetidas que los firmados compartían con la firmante. Esta esencia es perfume y verdadera.

Dentro de las infinitas formas de comer uvas con queso, hacerlo rodeado de tan plácida compañía, varios bardos inclusive, resulta que es de ahora en adelante mi favorita. Me quedo con el espíritu de la contradicción que amo, la isla con un arpita aurívora en el centro que mana de la nada rodeada de lo mismo.

Foto de familia
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Poesía, amistad y naturaleza en el ELVA

Foto de familia del ELVA. En Gáldar, Gran Canaria

La poesía es algo más que una torre de marfil desde la que aposentarse y contemplar el mundo. También es conocer, compartir, vivir. Esta semana, he vivido junto a cinco compañeros bardos (Andrés París, Eric Sanabria, Alberto Guirao, Julia L. Arnaiz y Olira Blesa) una experiencia inolvidable en un marco natural que no podría ser más poético e inspirador. Hemos participado como invitados en la segunda edición del ELVA (Encuentro de Letras y Versos del Atlántico), cuyos actos se han desarrollado en diversos puntos de la serranía de Gran Canaria: Gáldar, Barranco Hondo de Abajo, Caideros y Juncalillo.

Marina Casado, Andrés París, Julia L. Arnaiz y Vasco Macedo ante un fondo de niebla

La mañana del viernes 12 de abril, una densa niebla nos recibió a nuestra llegada a Juncalillo, a la casa cueva donde nos alojaríamos. Era un lugar mágico, casi aislado de la realidad, alejado de los estereotipos turísticos que asocian a Canarias como un destino de sol y playa. Nuestro anfitrión, el poeta Manuel Díaz García, nos explicó más adelante que Juncalillo (perteneciente al distrito de Gáldar) formó parte, en tiempos, de un importante poblado aborigen llamado Artevirgo. Los paisajes que lo componen, heridos de flores multicolores y vientos que juegan a despeinar las ideas, dejan paso a la caída de la tarde a un observatorio astronómico natural en el que la luz más honda es la de la luna. El sábado por la noche, apostados junto al cementerio –en un paraje que hubiera hecho las delicias de cualquier poeta del Romanticismo–, el divulgador estelar Aday Gil Díaz nos enseñó a distinguir las constelaciones y nos mostró con su telescopio algunas estrellas como Sirius o Betelgeuse. También pudimos mirar los cráteres y los mares de la Luna. Otro día, Manuel lideró una auténtica expedición por las montañas de Juncalillo hasta llegar a las ruinas de una mansión abandonada, un lugar también muy becqueriano, con la fuente y los bancos de piedra del antiguo jardín devorados ya por la naturaleza. Después, el valle se cubrió de niebla como si de un algodonoso manto se tratara y el atardecer puso un broche de arrebol a toda aquella belleza.

Juncalillo, Gran Canaria

Inmersos en esos paisajes se desarrollaron los actos del ELVA, en los que nos solo aprendimos de la mirada y la pasión de los poetas y estudiosos canarios a través de recitales, talleres y conferencias (el propio Manuel, Antonio Arroyo Silva, Eusebio López, Berbel, Pepa Molina, Olivia Falcón, Beatriz Morales, Nicolás Guerra, etc.), sino que también conocimos a poetas de otros puntos de la geografía mundial, desde Carmela Linares, de Málaga, hasta Mohamed Ahmed Bennis y Khalid Raissouni, de Marruecos, pasando por Sandra Santos y Vasco Macedo, de Portugal. Hubo lugar para el homenaje a poetas canarios: Cristóbal Rafael Pérez Vegas, Ángel Morales García y Baltasar Espinosa Lorenzo. Los escritores canarios demuestran el orgullo por sus raíces y su cultura, una pasión contagiosa y la mirada abierta al universo.

Rodeados de tantos amigos inspiradores, los Bardos tuvimos ocasión de presentar nuestra Antología y recitar varios poemas. Por mi parte, también impartí una conferencia titulada Como naipe cuya baraja se ha perdido. La soledad del poeta en el mundo, que tuvo como protagonista, por supuesto, a mi adorado Luis Cernuda.   

Han sido estos unos días inolvidables, que permanecerán en el recuerdo y en nuestros versos, que nos conducirán a regresar un día a las tierras del antiguo poblado de Artevirgo para seguir aprendiendo de ellas y de sus gentes, de los colores que componen su bello alejamiento de la realidad. Desde aquí, queremos mostrar nuestro agradecimiento a todas las personas que lo han hecho posible, con un especial reconocimiento a Manuel Díaz García, fantástico idealista contemporáneo, poeta y apasionado rapsoda, el responsable de nuestra presencia en el ELVA, y de la propia existencia del ELVA. La poesía no es una torre de marfil cuando detrás de ella laten seres humanos.

Capturando las nubes de Guillermo Marco

Guillermo Marco y Javier Martínez Ruiz presentando Otras nubes en La Casa Encendida

Hace casi un año que los Bardos presentamos nuestra Antología. Llovía en Madrid y la biblioteca de La Casa Encendida se hallaba abarrotada de amigos, familiares y admiradores. Era nuestra “puesta de largo”. Casi un año más tarde, algunos bardos regresamos al mismo lugar para acompañar a Guillermo Marco en la presentación de su primer poemario, Otras nubes, con el que ha obtenido un accésit del 72º Premio Adonáis de Poesía, la misma edición en la que yo quedé finalista y gracias a la cual pude conocerlo.

Guillermo ha sido el último bardo en incorporarse al equipo, cuando nadie esperaba ya nuevas incorporaciones. Fue algo rápido y casi espontáneo, como si hubiera sido bardo desde hace mucho tiempo y anduviera por ahí perdido, esperando que lo encontráramos. En la primera reunión a la que asistió, nos sorprendió con una serie de poemas cortos, profundamente reflexivos, que ahondaban en su cotidianidad dejando ingeniosos flecos de existencialismo, muy a la manera de la Generación del 50. Tras aquella primera reunión, supimos que ya era parte del grupo.

El caso es que cuando volvimos a La Casa Encendida el pasado jueves 28 no llovía en Madrid, pero la biblioteca se hallaba igualmente abarrotada. Publicar un primer libro es algo muy especial, una especie de comunión pagana en la que de repente es posible reunir a personas de ámbitos muy distintos, personas que nunca esperarías ver en la misma sala, unidas por su ilusión para con el nuevo vate. Presentaba el evento el filólogo Javier Martínez Ruiz, profesor de Guillermo en el instituto Duque de Rivas, que le descubrió a uno de sus grandes referentes poéticos: Claudio Rodríguez.

Portada de la obra Otras nubes, de Guillermo Marco

Tras su fructífera intervención, en la que destacó el don de palabra de su ex alumno y la profundidad de sus versos, llegó el turno del propio Guillermo, que hizo las delicias del auditorio con un recital corto y hondo, como su poesía, amenizando la lectura de poemas con comentarios acerca de su génesis, comentarios que también retrataban fragmentos de su vida, sus sueños, sus recuerdos; porque, como él mismo confesó, la poesía refleja la personalidad del propio poeta. Aunque no está de acuerdo con la idea de la poesía como instrumento terapéutico o recipiente de victimismos, sostiene que la experiencia vital resulta fundamental como base desde la que partir, elevando lo cotidiano a un plano casi metafísico, tejiendo una red de sabiduría inocente y precisa. Así, en los poemas de Otras nubes aparecen sus padres, su hermana y su abuela, sus “antiguas novias” –a las que siempre recuerda sonriendo– y una anónima panadera de Puerta de Arganda. Pero también un limonero, un taxi que no se detiene y una librería que casi posee vida, que ha dado forma a su infancia y adolescencia. También “los otros Guillermos” que, como heterónimos de Pessoa, se pasean por el libro: el que debe volver, el violonchelista y el pastor, el que se ha quedado anclado en la infancia, en su pueblo. Todos estos personajes vivos –incluso los materiales–, reales y ficticios a un tiempo, ayudan a componer esa red de observaciones, de anotaciones en el diario vital, de sabiduría espontánea y limpia.

Guillermo sorprende por su vasta cultura a pesar de su juventud ­–nació en 1997– y su capacidad para conectar la poesía con entornos tan aparentemente distanciados como la ingeniería de computadores, que estudia actualmente en la Universidad Politécnica, combinándola con el grado de Lengua y Literatura Españolas en la UNED. Investiga el procesamiento y generación del lenguaje natural con redes de neuronas artificiales. Además, dirige un programa sobre literatura en la Radio del Campus Sur de la UPM.

La presentación de Otras nubes, publicada en la prestigiosa colección Adonáis de la editorial Rialp, fue todo un éxito. Nos invitó a todos los presentes a capturar una a una las nubes que componen el mosaico de su verdad, una verdad que, admitió, solo es posible hallar de forma limpia en su poesía. Cómo no aventurarse a leerlo.

Guillermo Marco firmando ejemplares de su obra en La Casa Encendida

CARACOLA

Igual que en una caracola suena el mar,
si acercas tu oído a mi boca
escucharás las palabras que callo.
olvidarás los nombres propios,
los párrafos marítimos,
los cálidos susurros.
sentirás un fresco chapoteo de palabras.
en la caracola está el mar.
en mi silencio, este libro.

(De Otras nubes)

Presentación de Otras nubes en La Casa Encendida