Manuel Díaz García, nómada de la memoria

Manuel Díaz García en 2019, durante la presentación de Nostalgia del olvido en Telde, con los poetas Ángel Morales (izquierda) y Antonio Arroyo Silva (derecha)

La poesía, la gran poesía, no miente; contribuye a perfilar la identidad de su autor, a leer las páginas de su alma, de los paisajes y personas que colorean su biografía. Un poeta es vulnerable en sus versos, pero dicha vulnerabilidad resulta necesaria para alcanzar la trascendencia.

La poesía de Manuel Díaz García es sincera y valiente como el poeta. Honda y entrañable, pareja a la personalidad de este canario que siempre guarda una sonrisa y una palabra amable. Hace unos meses, participé junto a varios compañeros bardos en el Festival Internacional de Literatura ELVA (Encuentro de Letras y Versos del Atlántico), creado por Manuel. Tuve el privilegio de adentrarme en su tierra, en los paisajes de los que beben sus versos y su sentir poético, en la generosidad y la alegría sencilla de las gentes de Gáldar, con sus historias a flor de piel y sus leyendas maravillosas que entroncan con un pasado mítico. Aunque los versos de Manuel resultan accesibles para cualquier lector con un mínimo de sensibilidad, la interpretación y la multiplicidad de matices que posee se revelan con el conocimiento del mundo rural canario. Por ello, tras pasar aquellos días de ensueño entre las montañas álgidas y amarillas de Juncalillo, tras haber conocido al propio Manuel, con su alegría contagiosa y plagada de claroscuros, me siento con más capacidad para hablar de su poética, para entenderla.

Ediciones Aguere, 2018

Nostalgia del olvido es, en palabras de José Antonio Santana Domínguez –desarrolladas en la contracubierta del libro–, “un poemario maduro, diferente a lo que su autor ha hecho hasta ahora, atrevido y valiente”. En el fantástico prólogo, el poeta galdense Ángel Sánchez –Premio Canarias 2018– afirma que se trata de “un combate entre el olvido y el recuerdo”. Hay un dolor hecho palabras que se despliega en toda la obra, que nubla la lectura con una luz crepuscular y olorosa. En esa batalla vence siempre el recuerdo, como se explicita en el primer poema: “Susurra, tímido, el olvido al recuerdo, / éste sonríe con malicia; /se sabe victorioso… / Está lleno de dolor”. El poeta desea alcanzar una dimensión imposible, añorada ya por Luis Cernuda en el pasado siglo, en aquellos “vastos jardines sin aurora” de su obra  Donde habite el olvido. La influencia de la Generación del 27 es notoria en la obra de Manuel. El propio título, tan cernudiano, recuerda también a ese otro de Emilio Prados: Memoria del olvido. La memoria, el recuerdo y el olvido constituyen grandes temas en la lírica del siglo XX, cuya huella deja un poso de tristeza, una “pena negra” mencionada por Federico García Lorca y presente también en el nuevo libro de Manuel, concretamente en el poema “II”. El tono elegíaco trae los ecos de Miguel Hernández y de su canto fúnebre al amigo Ramón Sijé. No falta tampoco el vanguardismo entre estas páginas, presente en los experimentos de poesía visual, entre los que podemos hallar, incluso, algún caligrama. Usa neologismos –“Repicadoblan las campanas”–. Sin duda, detrás de la aparente sencillez de la poesía de Manuel se erige un corpus de lecturas y formación autodidacta, un conocimiento loable de los clásicos que sabe combinar con la propia experiencia y la cercanía al lector. Existen referencias mitológicas –Calipso, Ítaca, Leteo, el barquero Caronte, las Moiras…–. Sobrevuela un lirismo exacerbado, una melodía necesaria en poesía que a menudo se transfigura en asonancias.

Este poemario puede leerse como un paréntesis temporal, porque la reflexión sobre el dolor se realiza desde una dimensión íntima en la que el tiempo pierde el sentido: “Han pasado siglos, / diría yo”. El tiempo se detiene en el recuerdo: “Nos encontraremos, / […] en ese rincón de la memoria / donde se enraízan los recuerdos, / esperando al olvido, / y seremos dos forasteros de nuestro tiempo”. Para la muerte hay una conclusión calderoniana, recogida en La vida es sueño: “Algunas veces, / me obligo a creer, / que me quedé profundamente dormido / en una siesta a destiempo, / y que todo no es más que una maldita pesadilla”.

La voz lírica se considera a sí misma “nómada de la memoria / que va camino del calvario del olvido”. Un olvido que se identifica con la noche, mientras que lo perdido y añorado se correspondería con la luz: “la bucólica tarde; / se convirtió en una noche fría y árida”, “el espíritu anhelante de aurora / no volverá a ver la luz de aquellos días”, “y seré ese muerto impertinente / que te reitera en cada madrugada”. En este sentido, en el poema “LXXXVIII”, el poeta se opone con desesperación a esa noche de olvido. La naturaleza humanizada se constituye una estación en la que permanece el recuerdo, el tiempo extraviado. La naturaleza conoce esos “días azules” –referencia machadiana– añorados por el poeta: “me gusta pensar que, quizás así, / el alba siga creyendo que somos…”, “Detrás de los cipreses / quedó nuestra amistad / tal vez la noche / vele por ella”. En ella hay alusiones locales, como el barranco de Gáldar y “Papartolito”. Las raíces del poeta se mantienen de forma constante y, en este punto, también hay un rechazo constante del olvido.

En esa imposibilidad del olvido se haya la identidad de la voz lírica, forjada a base de recuerdos y de dolor. El dolor, parecen gritar los versos, es humano, nos convierte en humanos. El presente poemario es un canto de humanidad, de añoranza y de claroscuros, sólido en cuanto a intensidad lírica, como lo muestran estos versos: “y en la madrugada maldita de mi alma, / hay tres sepulcros; / uno vacío, / otro, lleno de pena / y el tercero, / guardará eternamente / lo tuyo y lo mío”. Para quienes aún no conozcan al poeta Manuel Díaz García, este libro es un magnífico adentramiento en su poética. No puedo dejar de recomendarlo.

Leonor y Guiomar: Las dos musas de Antonio Machado

En el mundo de la literatura las musas son vistas como el motor de la obra, una brisa de inspiración azulada que entra por la ventana en mitad de la noche e impregna al artista mientras sus largos cabellos descuidados danzan con el viento. En la mayoría de los casos, estas musas son personas reales, con nombres reales o inventados, pero de carne y hueso. No hace falta mencionar nombres como Gala para Dalí, Lee Miller para el fundador de la revista Vogue y Guiomar para Antonio Machado, entre otras. Es algo muy romántico pensar que tu pareja te inspira de tal manera que llega a formar parte de tu obra. Es bastante romántico hasta que se empieza a investigar los claroscuros del asunto.

Uno de estos artistas en los que la musa forma parte intrínseca de su obra es el poeta Antonio Machado. En este caso, aparecen dos musas, muy distantes entre ellas. Pero hay algo que comparten Leonor y Guiomar. Sus historias con el poeta están marcadas por unas relaciones algo extrañas, que han dado a rumores y desmentidos.

Leonor Izquierdo Cuevas

Sobrina de Concha Cuevas, dueña de la casa de huéspedes donde se queda Antonio en su estancia en Soria. Tiene 13 años cuando se conocen. Dos años después se casan. Una boda sumamente triste para Antonio. En la vida pondré en duda el amor, pero que Machado contase con 32 primaveras es, cuanto menos, extraño.

La tía de Leonor dice de su sobrina: “De talla, mediana; el cabello, castaño, un poco ondulado; no se ponía afeites: una niña…”.

Leonor muere poco después de la boda, le diagnostican tuberculosis en un viaje a París. Según Machado la enfermedad llegó “como un rayo en plena felicidad”. Antonio queda destrozado tras la muerte y dice que nunca más volverá a enamorarse. Durante bastante tiempo, escribe mucho y muy triste. Leonor está presente en su obra como musa, como dolor permanente. Se le arrebató la felicidad cuando esta iniciaba. Esto sigue así hasta que aparece en la vida del poeta Pilar de Valderrama, más conocida como Guiomar. Es en este momento donde comienza lo extraño, lo oscuro.

Pilar de Valderrama – Guiomar

Escritora que acude a Segovia para conocer al poeta. Pilar estaba casada con un señor que le ponía los cuernos cuando podía. Tenían dos hijos. Cristiana convencida, de derechas y pudiente, nada que ver con el republicano Antonio.

Justo antes del viaje de Pilar a Segovia, su marido le reconoce que una chica se había suicidado por él. En cuanto Machado posa sus ojos en ella queda completamente enamorado.

Este amor es correspondido por la admiración que Pilar tiene por Antonio, pero deja constancia de que por debajo de las enaguas ni el abanicar de una paloma. Y Antonio da su beneplácito. La relación queda en secreto, nadie conoce la relación que mantienen ambos. Solo los camareros del Café Gijón, donde se encuentran y la familia de Antonio, que no ve con buenos ojos dicha relación.

El 1 de diciembre de 1981 Pilar de Valderrama pública Sí, Yo soy Guiomar.  Donde se deja constancia del tipo de relación que mantenían los dos escritores. En la biografía de Pilar, esta le pide que elimine todas las cartas.

En las cartas que se mandan, Antonio se dirige a ella como:

  • Mi diosa.
  • Reina.
  • Gloria mía.

Llega a decir, incluso, que conoce el amor porque ella llega a su vida, lo que sentía por Leonor era solo una sombra de amor. Hasta aquí podemos entender que el amor de Machado por su musa era intenso, pero lo que llegaba a sentir Antonio era más una obsesión por lo que podemos vislumbrar en una de las escenas reflejada en las cartas.

Cuando Machado viajaba a Madrid, donde vivía Pilar, se agazapaba en los arbustos que estaban enfrente del ventanal de la casa de Pilar. Ahí se quedaba hasta que la veía pasar. Pilar le exige al poeta que deje de hacerlo, que van a descubrirlos.

Las musas, como hablábamos anteriormente son personas reales que dejan huella en los artistas que las escogen, indistintamente del sexo de estas musas y de sus artistas. No dejan de ser de carne, de sentimientos y, por lo tanto, también sujetas a posibles relaciones tóxicas.

Nueva Casa de colores

¿Qué necesitaba para renovar los votos y emociones que solo las primeras veces declamando poesía dan a un cuerpo cuando a veces la rutina se hace masa en tu frente? En mi caso, fue el sentido de pertenencia a un lugar concreto, mi tierra de culturas, San Cristóbal de los Ángeles; y a sus vecinos.

Andrés París, Julia L. Arnaiz, Marina Casado, Alberto Guirao y Eric Sanabria en la fachada de Casa San Cristóbal.

El pasado 14 de junio por la tarde, entre las actividades que oferta la biblioteca (Casa San Cristóbal) de este barrio sureño y madrileño, nos dieron la oportunidad de participar como grupo poético en el evento “Letras al límite. Jornadas de lectura y periferia” organizado por Isabel Rey. Poco antes, OMC radio, que siempre al pie del cañón pregunta para hacer visible y sonoro el distrito olvidado de Villaverde, nos entrevistó mientras la gente ocupaba la primera fila de asientos, quizá sin saber muy bien lo que iba a presenciar.

Sobre el escenario, cerca de amable y contagiosa risa de niño sobre columpios impulsados por el céfiro que poco a poco se levantaba, Marina Casado, Eric Sanabria, Julia L. Arnaiz, Alberto Guirao y Andrés París, servidor; alternamos poemas de nuestra antología con otros inéditos estableciendo una genuina complicidad con un público, en su mayoría, muy joven (hecho que me hizo profundamente feliz).

Mis compañeros poetas, que no conocían estos lares, quedaron impregnados de su autenticidad, su candor, incluso, de su apariencia estival de pueblo costero, como algunos me comentaron.

La acogida no pudo ser mejor y nos fuimos con la seguridad de volver a la sombra de cigüeña entre puentes de color que es San Cristóbal de los Ángeles.

En la Feria del Libro de Madrid

Marina Casado, Eric Sanabria, Julia L. Arnaiz, Alberto Guirao y Francisco Raposo en la caseta de Ediciones de la Torre.

Ayer volvimos por segundo año a la Feria del Libro de Madrid. Falta en la foto Andrés París, que llegó más tarde. Fue bonito recibir visitas y firmar algunas antologías y comprobar que nuestra voz poética sigue viva.

Pero la mejor sorpresa apareció en forma de niño. Conocimos a Ray, el hijo de María Agra-Fagúndez (nuestra compi barda) y Vicente. Los Bardos ya se extienden a la siguiente generación y nosotros no podemos estar más contentos por los felices padres, que sin duda van a transmitir todo su amor por la cultura a Ray. Enhorabuena, María: es tu mejor poema.

Recordad que nuestra antología, De viva voz, continúa en la caseta 247 de Ediciones de la Torre y en vuestras librerías habituales.

Recuerdo de uva y queso

Cuando desaparece el yugo de la hora en que desalojar la sala, pueden brotar las sensaciones más felices de nuestro cuerpo; también, como es el caso, recordándolas. La casa madrileña de la editorial Huerga y Fierro tiene esta propiedad emergente: ofrecer uvas, queso y una masa tierna de dulce a quien disfrutamos alargando la conversación, a fuego lento hasta la noche, en la fragua de la literatura, con tantos libros y herraduras, armas, en los anaqueles de alrededor.

Andrés París y Marina Casado en la sede madrileña de Huerga y Fierro.

Semanas antes, habíamos asistido a la presentación del libro De las horas sin sol de la autora Marina Casado, que ahora en mi memoria firma a los interesados sucedidos en una cola expectante. La convención de los minutos poéticos no se alargó en exceso y a las ocho, con el despeje del brumoso cielo, una treintena de personas colocaban sillas y móviles por encima de sus cabezas como un cáliz para un mejor encuadre. Sobre la tarima, tras la sincera introducción del editor Antonio Huerga y las palabras del prologuista, servidor; la autora leyó algunos poemas intercambiando con el público impresiones sobre la gestación particular de cada uno.

Había leído muchas veces aquellos poemas, nunca demasiadas, y esperaba que la voz mejor conocedora de aquellas líneas, imprimiendo ritmo y melodía, les diera un nuevo nivel de sensación. Así fue. Frotaba mis manos cuando entraba súbitamente el aire en mis pulmones compactos al ver que la lírica existe y es. “Ya no se escribe líricamente. Hemos dejado paso a la narración poética”, comentaba Marina en el coloquio abierto con el público. Al final, la evolución en la obra de la autora hacia derroteros de mayor conmoción fue una de las cosas más repetidas que los firmados compartían con la firmante. Esta esencia es perfume y verdadera.

Dentro de las infinitas formas de comer uvas con queso, hacerlo rodeado de tan plácida compañía, varios bardos inclusive, resulta que es de ahora en adelante mi favorita. Me quedo con el espíritu de la contradicción que amo, la isla con un arpita aurívora en el centro que mana de la nada rodeada de lo mismo.

Foto de familia

Música y poesía

Si algo hemos aprendido del arte es su capacidad por nutrirse de las distintas áreas de la vida dando lugar a un producto, si no nuevo, armonioso. Los Bardos han tenido la oportunidad de demostrar que música y poesía pueden enlazarse en eventos muy dispares, desde la combinación temática estructurada en concierto y recital poético como fue el evento del 22 de febrero en la Librería La Lumbre. En este encuentro Los Bardos y Sebastia, bajo la temática del amor y superación de uno mismo, presentaron un marco donde se alternaba la actuación en acústico de la cantautora Sebastia con los poemas de Marina Casado, Julia L. Arnaiz, Guillermo Marco, Olira Blesa, Andrés París y Eric Sanabria; dando lugar a una combinación perfecta donde, cual marejada, un mismo sentimiento se manifiesta bajo letras y compases como fuente de empatía entre los artistas y el público.

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-con Sebastia en La Librería La Lumbre-

Otra oportunidad que han tenido Los Bardos al abrir la puerta al lenguaje musical fue el pasado 7 de abril de nuevo en La Librería La Lumbre con un proyecto de m:re music: Donde resuenen las palabras. Este proyecto comenzó a formarse en septiembre del año pasado en el que m:re music propuso a Los Bardos un proyecto atractivo a la par que ambicioso. Olira Blesa, Laura Navarrete (poeta que representó a Debbie Alcaide), Guillermo Marco, Alberto Guirao, Marina Casado, Andrés París, Julia L. Arnaiz y Eric Sanabria guiados por Víctor (m:re music) interiorizaron en el significado de la poesía y su conexión melódica. Tras una entrevista, m:re se lanza a la elaboración de una serie de piezas musicales que acompañarían el recital poético del 7 de abril. M:re music quiso sorprender con una puesta en escena que mezclara los sentidos auditivos y visuales, por ello, a cada una de las piezas le fue asignado un color que teñiría el fondo del escenario de La Lumbre mientras los poetas recitaban uno por uno.

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-cartel del evento “Donde resuenen las palabras”-

Teñido por el ánimo poético, m:re music se manifestó a sí mismo no solo como artista musical, sino también poeta, introduciendo hacia la mitad del evento una pieza desconocida para el grupo y un poema escrito por el propio m:re music; dando así el resultado de un evento diferente, ambiguo a todo lo que Los Bardos habían presentado hasta entonces, pero ganándose el aplauso del público y su interés porque esta experiencia no quedara solitaria en la historia de Los Bardos ni en un recital. Parece que no será esta la única ocasión en la que Los Bardos den la mano a nuevos retos imbricando poesía y el resto de las áreas del arte.

Poesía, amistad y naturaleza en el ELVA

Foto de familia del ELVA. En Gáldar, Gran Canaria

La poesía es algo más que una torre de marfil desde la que aposentarse y contemplar el mundo. También es conocer, compartir, vivir. Esta semana, he vivido junto a cinco compañeros bardos (Andrés París, Eric Sanabria, Alberto Guirao, Julia L. Arnaiz y Olira Blesa) una experiencia inolvidable en un marco natural que no podría ser más poético e inspirador. Hemos participado como invitados en la segunda edición del ELVA (Encuentro de Letras y Versos del Atlántico), cuyos actos se han desarrollado en diversos puntos de la serranía de Gran Canaria: Gáldar, Barranco Hondo de Abajo, Caideros y Juncalillo.

Marina Casado, Andrés París, Julia L. Arnaiz y Vasco Macedo ante un fondo de niebla

La mañana del viernes 12 de abril, una densa niebla nos recibió a nuestra llegada a Juncalillo, a la casa cueva donde nos alojaríamos. Era un lugar mágico, casi aislado de la realidad, alejado de los estereotipos turísticos que asocian a Canarias como un destino de sol y playa. Nuestro anfitrión, el poeta Manuel Díaz García, nos explicó más adelante que Juncalillo (perteneciente al distrito de Gáldar) formó parte, en tiempos, de un importante poblado aborigen llamado Artevirgo. Los paisajes que lo componen, heridos de flores multicolores y vientos que juegan a despeinar las ideas, dejan paso a la caída de la tarde a un observatorio astronómico natural en el que la luz más honda es la de la luna. El sábado por la noche, apostados junto al cementerio –en un paraje que hubiera hecho las delicias de cualquier poeta del Romanticismo–, el divulgador estelar Aday Gil Díaz nos enseñó a distinguir las constelaciones y nos mostró con su telescopio algunas estrellas como Sirius o Betelgeuse. También pudimos mirar los cráteres y los mares de la Luna. Otro día, Manuel lideró una auténtica expedición por las montañas de Juncalillo hasta llegar a las ruinas de una mansión abandonada, un lugar también muy becqueriano, con la fuente y los bancos de piedra del antiguo jardín devorados ya por la naturaleza. Después, el valle se cubrió de niebla como si de un algodonoso manto se tratara y el atardecer puso un broche de arrebol a toda aquella belleza.

Juncalillo, Gran Canaria

Inmersos en esos paisajes se desarrollaron los actos del ELVA, en los que nos solo aprendimos de la mirada y la pasión de los poetas y estudiosos canarios a través de recitales, talleres y conferencias (el propio Manuel, Antonio Arroyo Silva, Eusebio López, Berbel, Pepa Molina, Olivia Falcón, Beatriz Morales, Nicolás Guerra, etc.), sino que también conocimos a poetas de otros puntos de la geografía mundial, desde Carmela Linares, de Málaga, hasta Mohamed Ahmed Bennis y Khalid Raissouni, de Marruecos, pasando por Sandra Santos y Vasco Macedo, de Portugal. Hubo lugar para el homenaje a poetas canarios: Cristóbal Rafael Pérez Vegas, Ángel Morales García y Baltasar Espinosa Lorenzo. Los escritores canarios demuestran el orgullo por sus raíces y su cultura, una pasión contagiosa y la mirada abierta al universo.

Rodeados de tantos amigos inspiradores, los Bardos tuvimos ocasión de presentar nuestra Antología y recitar varios poemas. Por mi parte, también impartí una conferencia titulada Como naipe cuya baraja se ha perdido. La soledad del poeta en el mundo, que tuvo como protagonista, por supuesto, a mi adorado Luis Cernuda.   

Han sido estos unos días inolvidables, que permanecerán en el recuerdo y en nuestros versos, que nos conducirán a regresar un día a las tierras del antiguo poblado de Artevirgo para seguir aprendiendo de ellas y de sus gentes, de los colores que componen su bello alejamiento de la realidad. Desde aquí, queremos mostrar nuestro agradecimiento a todas las personas que lo han hecho posible, con un especial reconocimiento a Manuel Díaz García, fantástico idealista contemporáneo, poeta y apasionado rapsoda, el responsable de nuestra presencia en el ELVA, y de la propia existencia del ELVA. La poesía no es una torre de marfil cuando detrás de ella laten seres humanos.

Capturando las nubes de Guillermo Marco

Guillermo Marco y Javier Martínez Ruiz presentando Otras nubes en La Casa Encendida

Hace casi un año que los Bardos presentamos nuestra Antología. Llovía en Madrid y la biblioteca de La Casa Encendida se hallaba abarrotada de amigos, familiares y admiradores. Era nuestra “puesta de largo”. Casi un año más tarde, algunos bardos regresamos al mismo lugar para acompañar a Guillermo Marco en la presentación de su primer poemario, Otras nubes, con el que ha obtenido un accésit del 72º Premio Adonáis de Poesía, la misma edición en la que yo quedé finalista y gracias a la cual pude conocerlo.

Guillermo ha sido el último bardo en incorporarse al equipo, cuando nadie esperaba ya nuevas incorporaciones. Fue algo rápido y casi espontáneo, como si hubiera sido bardo desde hace mucho tiempo y anduviera por ahí perdido, esperando que lo encontráramos. En la primera reunión a la que asistió, nos sorprendió con una serie de poemas cortos, profundamente reflexivos, que ahondaban en su cotidianidad dejando ingeniosos flecos de existencialismo, muy a la manera de la Generación del 50. Tras aquella primera reunión, supimos que ya era parte del grupo.

El caso es que cuando volvimos a La Casa Encendida el pasado jueves 28 no llovía en Madrid, pero la biblioteca se hallaba igualmente abarrotada. Publicar un primer libro es algo muy especial, una especie de comunión pagana en la que de repente es posible reunir a personas de ámbitos muy distintos, personas que nunca esperarías ver en la misma sala, unidas por su ilusión para con el nuevo vate. Presentaba el evento el filólogo Javier Martínez Ruiz, profesor de Guillermo en el instituto Duque de Rivas, que le descubrió a uno de sus grandes referentes poéticos: Claudio Rodríguez.

Portada de la obra Otras nubes, de Guillermo Marco

Tras su fructífera intervención, en la que destacó el don de palabra de su ex alumno y la profundidad de sus versos, llegó el turno del propio Guillermo, que hizo las delicias del auditorio con un recital corto y hondo, como su poesía, amenizando la lectura de poemas con comentarios acerca de su génesis, comentarios que también retrataban fragmentos de su vida, sus sueños, sus recuerdos; porque, como él mismo confesó, la poesía refleja la personalidad del propio poeta. Aunque no está de acuerdo con la idea de la poesía como instrumento terapéutico o recipiente de victimismos, sostiene que la experiencia vital resulta fundamental como base desde la que partir, elevando lo cotidiano a un plano casi metafísico, tejiendo una red de sabiduría inocente y precisa. Así, en los poemas de Otras nubes aparecen sus padres, su hermana y su abuela, sus “antiguas novias” –a las que siempre recuerda sonriendo– y una anónima panadera de Puerta de Arganda. Pero también un limonero, un taxi que no se detiene y una librería que casi posee vida, que ha dado forma a su infancia y adolescencia. También “los otros Guillermos” que, como heterónimos de Pessoa, se pasean por el libro: el que debe volver, el violonchelista y el pastor, el que se ha quedado anclado en la infancia, en su pueblo. Todos estos personajes vivos –incluso los materiales–, reales y ficticios a un tiempo, ayudan a componer esa red de observaciones, de anotaciones en el diario vital, de sabiduría espontánea y limpia.

Guillermo sorprende por su vasta cultura a pesar de su juventud ­–nació en 1997– y su capacidad para conectar la poesía con entornos tan aparentemente distanciados como la ingeniería de computadores, que estudia actualmente en la Universidad Politécnica, combinándola con el grado de Lengua y Literatura Españolas en la UNED. Investiga el procesamiento y generación del lenguaje natural con redes de neuronas artificiales. Además, dirige un programa sobre literatura en la Radio del Campus Sur de la UPM.

La presentación de Otras nubes, publicada en la prestigiosa colección Adonáis de la editorial Rialp, fue todo un éxito. Nos invitó a todos los presentes a capturar una a una las nubes que componen el mosaico de su verdad, una verdad que, admitió, solo es posible hallar de forma limpia en su poesía. Cómo no aventurarse a leerlo.

Guillermo Marco firmando ejemplares de su obra en La Casa Encendida

CARACOLA

Igual que en una caracola suena el mar,
si acercas tu oído a mi boca
escucharás las palabras que callo.
olvidarás los nombres propios,
los párrafos marítimos,
los cálidos susurros.
sentirás un fresco chapoteo de palabras.
en la caracola está el mar.
en mi silencio, este libro.

(De Otras nubes)

Presentación de Otras nubes en La Casa Encendida

Colaboración entre Adrie Tejero y Francisco Raposo

Tengo el placer de iniciar el blog de Los Bardos, para ello tomo prestada una de las frases más conocidas de la Gestalt: “El todo es mayor que la suma de sus partes”.  En el mundo de las artes, las colaboraciones son uno de los pilares del crecimiento, en ocasiones incluso del nacimiento, de grandes artistas. El motor de Los Bardos es precisamente este, crear en común respetando las individualidades. 

Para conocer cómo se llega a la forma de escribir actual es necesario mirar los primeros pasos, no dejamos de ser una especie de puzle compuesto por innumerables piezas, recuerdos, experiencias. Es por esto que vamos a desempolvar los archivos para hacer memoria, para llegar al todo actual. En esta ocasión, hablaremos de una colaboración entre escritura e ilustración que se llevó a cabo para la revista infantil El Ático de los Gatítos. La ilustradora de estos cuentos infantiles (también la del poema) es Adrie Tejero: 

Adrie Tejero

Es una ilustradora multidisciplinar con orígenes gaditanos. Tras un año de residencia en Lisboa, la ciudad de la luz pálida, se muda a Granada con el fin de terminar de encauzar su camino en el mundo de la ilustración editorial, formando parte del equipo de Esdrújula Ediciones, tras terminar el máster de especialización en Dibujo en la Universidad de Granada.

Estudió Bellas Artes en la Universidad de Sevilla y se especializó en diseño gráfico. Complementó y encontró su lugar en Barcelona, donde estudió Ilustración en Bau, el Centre Universitari de Disseny de Barcelona.

Está especializada en la acuarela con toques digitales, recreándose en los retratos, experimentando siempre con colores saturados.

Colaboración:

Poema: Traslúcida e incierta. Francisco Raposo.
Edición: Anna Baena

Cuento: El árbol de las tostadas. Francisco Raposo
Edición: Adrie Tejero.
Cuento: El nacimiento de las jirafas. Francisco Raposo
Edición: Adrie Tejero