Nueva Casa de colores

¿Qué necesitaba para renovar los votos y emociones que solo las primeras veces declamando poesía dan a un cuerpo cuando a veces la rutina se hace masa en tu frente? En mi caso, fue el sentido de pertenencia a un lugar concreto, mi tierra de culturas, San Cristóbal de los Ángeles; y a sus vecinos.

Andrés París, Julia L. Arnaiz, Marina Casado, Alberto Guirao y Eric Sanabria en la fachada de Casa San Cristóbal.

El pasado 14 de junio por la tarde, entre las actividades que oferta la biblioteca (Casa San Cristóbal) de este barrio sureño y madrileño, nos dieron la oportunidad de participar como grupo poético en el evento “Letras al límite. Jornadas de lectura y periferia” organizado por Isabel Rey. Poco antes, OMC radio, que siempre al pie del cañón pregunta para hacer visible y sonoro el distrito olvidado de Villaverde, nos entrevistó mientras la gente ocupaba la primera fila de asientos, quizá sin saber muy bien lo que iba a presenciar.

Sobre el escenario, cerca de amable y contagiosa risa de niño sobre columpios impulsados por el céfiro que poco a poco se levantaba, Marina Casado, Eric Sanabria, Julia L. Arnaiz, Alberto Guirao y Andrés París, servidor; alternamos poemas de nuestra antología con otros inéditos estableciendo una genuina complicidad con un público, en su mayoría, muy joven (hecho que me hizo profundamente feliz).

Mis compañeros poetas, que no conocían estos lares, quedaron impregnados de su autenticidad, su candor, incluso, de su apariencia estival de pueblo costero, como algunos me comentaron.

La acogida no pudo ser mejor y nos fuimos con la seguridad de volver a la sombra de cigüeña entre puentes de color que es San Cristóbal de los Ángeles.

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Recuerdo de uva y queso

Cuando desaparece el yugo de la hora en que desalojar la sala, pueden brotar las sensaciones más felices de nuestro cuerpo; también, como es el caso, recordándolas. La casa madrileña de la editorial Huerga y Fierro tiene esta propiedad emergente: ofrecer uvas, queso y una masa tierna de dulce a quien disfrutamos alargando la conversación, a fuego lento hasta la noche, en la fragua de la literatura, con tantos libros y herraduras, armas, en los anaqueles de alrededor.

Andrés París y Marina Casado en la sede madrileña de Huerga y Fierro.

Semanas antes, habíamos asistido a la presentación del libro De las horas sin sol de la autora Marina Casado, que ahora en mi memoria firma a los interesados sucedidos en una cola expectante. La convención de los minutos poéticos no se alargó en exceso y a las ocho, con el despeje del brumoso cielo, una treintena de personas colocaban sillas y móviles por encima de sus cabezas como un cáliz para un mejor encuadre. Sobre la tarima, tras la sincera introducción del editor Antonio Huerga y las palabras del prologuista, servidor; la autora leyó algunos poemas intercambiando con el público impresiones sobre la gestación particular de cada uno.

Había leído muchas veces aquellos poemas, nunca demasiadas, y esperaba que la voz mejor conocedora de aquellas líneas, imprimiendo ritmo y melodía, les diera un nuevo nivel de sensación. Así fue. Frotaba mis manos cuando entraba súbitamente el aire en mis pulmones compactos al ver que la lírica existe y es. “Ya no se escribe líricamente. Hemos dejado paso a la narración poética”, comentaba Marina en el coloquio abierto con el público. Al final, la evolución en la obra de la autora hacia derroteros de mayor conmoción fue una de las cosas más repetidas que los firmados compartían con la firmante. Esta esencia es perfume y verdadera.

Dentro de las infinitas formas de comer uvas con queso, hacerlo rodeado de tan plácida compañía, varios bardos inclusive, resulta que es de ahora en adelante mi favorita. Me quedo con el espíritu de la contradicción que amo, la isla con un arpita aurívora en el centro que mana de la nada rodeada de lo mismo.

Foto de familia