Manuel Díaz García, nómada de la memoria

Manuel Díaz García en 2019, durante la presentación de Nostalgia del olvido en Telde, con los poetas Ángel Morales (izquierda) y Antonio Arroyo Silva (derecha)

La poesía, la gran poesía, no miente; contribuye a perfilar la identidad de su autor, a leer las páginas de su alma, de los paisajes y personas que colorean su biografía. Un poeta es vulnerable en sus versos, pero dicha vulnerabilidad resulta necesaria para alcanzar la trascendencia.

La poesía de Manuel Díaz García es sincera y valiente como el poeta. Honda y entrañable, pareja a la personalidad de este canario que siempre guarda una sonrisa y una palabra amable. Hace unos meses, participé junto a varios compañeros bardos en el Festival Internacional de Literatura ELVA (Encuentro de Letras y Versos del Atlántico), creado por Manuel. Tuve el privilegio de adentrarme en su tierra, en los paisajes de los que beben sus versos y su sentir poético, en la generosidad y la alegría sencilla de las gentes de Gáldar, con sus historias a flor de piel y sus leyendas maravillosas que entroncan con un pasado mítico. Aunque los versos de Manuel resultan accesibles para cualquier lector con un mínimo de sensibilidad, la interpretación y la multiplicidad de matices que posee se revelan con el conocimiento del mundo rural canario. Por ello, tras pasar aquellos días de ensueño entre las montañas álgidas y amarillas de Juncalillo, tras haber conocido al propio Manuel, con su alegría contagiosa y plagada de claroscuros, me siento con más capacidad para hablar de su poética, para entenderla.

Ediciones Aguere, 2018

Nostalgia del olvido es, en palabras de José Antonio Santana Domínguez –desarrolladas en la contracubierta del libro–, “un poemario maduro, diferente a lo que su autor ha hecho hasta ahora, atrevido y valiente”. En el fantástico prólogo, el poeta galdense Ángel Sánchez –Premio Canarias 2018– afirma que se trata de “un combate entre el olvido y el recuerdo”. Hay un dolor hecho palabras que se despliega en toda la obra, que nubla la lectura con una luz crepuscular y olorosa. En esa batalla vence siempre el recuerdo, como se explicita en el primer poema: “Susurra, tímido, el olvido al recuerdo, / éste sonríe con malicia; /se sabe victorioso… / Está lleno de dolor”. El poeta desea alcanzar una dimensión imposible, añorada ya por Luis Cernuda en el pasado siglo, en aquellos “vastos jardines sin aurora” de su obra  Donde habite el olvido. La influencia de la Generación del 27 es notoria en la obra de Manuel. El propio título, tan cernudiano, recuerda también a ese otro de Emilio Prados: Memoria del olvido. La memoria, el recuerdo y el olvido constituyen grandes temas en la lírica del siglo XX, cuya huella deja un poso de tristeza, una “pena negra” mencionada por Federico García Lorca y presente también en el nuevo libro de Manuel, concretamente en el poema “II”. El tono elegíaco trae los ecos de Miguel Hernández y de su canto fúnebre al amigo Ramón Sijé. No falta tampoco el vanguardismo entre estas páginas, presente en los experimentos de poesía visual, entre los que podemos hallar, incluso, algún caligrama. Usa neologismos –“Repicadoblan las campanas”–. Sin duda, detrás de la aparente sencillez de la poesía de Manuel se erige un corpus de lecturas y formación autodidacta, un conocimiento loable de los clásicos que sabe combinar con la propia experiencia y la cercanía al lector. Existen referencias mitológicas –Calipso, Ítaca, Leteo, el barquero Caronte, las Moiras…–. Sobrevuela un lirismo exacerbado, una melodía necesaria en poesía que a menudo se transfigura en asonancias.

Este poemario puede leerse como un paréntesis temporal, porque la reflexión sobre el dolor se realiza desde una dimensión íntima en la que el tiempo pierde el sentido: “Han pasado siglos, / diría yo”. El tiempo se detiene en el recuerdo: “Nos encontraremos, / […] en ese rincón de la memoria / donde se enraízan los recuerdos, / esperando al olvido, / y seremos dos forasteros de nuestro tiempo”. Para la muerte hay una conclusión calderoniana, recogida en La vida es sueño: “Algunas veces, / me obligo a creer, / que me quedé profundamente dormido / en una siesta a destiempo, / y que todo no es más que una maldita pesadilla”.

La voz lírica se considera a sí misma “nómada de la memoria / que va camino del calvario del olvido”. Un olvido que se identifica con la noche, mientras que lo perdido y añorado se correspondería con la luz: “la bucólica tarde; / se convirtió en una noche fría y árida”, “el espíritu anhelante de aurora / no volverá a ver la luz de aquellos días”, “y seré ese muerto impertinente / que te reitera en cada madrugada”. En este sentido, en el poema “LXXXVIII”, el poeta se opone con desesperación a esa noche de olvido. La naturaleza humanizada se constituye una estación en la que permanece el recuerdo, el tiempo extraviado. La naturaleza conoce esos “días azules” –referencia machadiana– añorados por el poeta: “me gusta pensar que, quizás así, / el alba siga creyendo que somos…”, “Detrás de los cipreses / quedó nuestra amistad / tal vez la noche / vele por ella”. En ella hay alusiones locales, como el barranco de Gáldar y “Papartolito”. Las raíces del poeta se mantienen de forma constante y, en este punto, también hay un rechazo constante del olvido.

En esa imposibilidad del olvido se haya la identidad de la voz lírica, forjada a base de recuerdos y de dolor. El dolor, parecen gritar los versos, es humano, nos convierte en humanos. El presente poemario es un canto de humanidad, de añoranza y de claroscuros, sólido en cuanto a intensidad lírica, como lo muestran estos versos: “y en la madrugada maldita de mi alma, / hay tres sepulcros; / uno vacío, / otro, lleno de pena / y el tercero, / guardará eternamente / lo tuyo y lo mío”. Para quienes aún no conozcan al poeta Manuel Díaz García, este libro es un magnífico adentramiento en su poética. No puedo dejar de recomendarlo.

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Poesía, amistad y naturaleza en el ELVA

Foto de familia del ELVA. En Gáldar, Gran Canaria

La poesía es algo más que una torre de marfil desde la que aposentarse y contemplar el mundo. También es conocer, compartir, vivir. Esta semana, he vivido junto a cinco compañeros bardos (Andrés París, Eric Sanabria, Alberto Guirao, Julia L. Arnaiz y Olira Blesa) una experiencia inolvidable en un marco natural que no podría ser más poético e inspirador. Hemos participado como invitados en la segunda edición del ELVA (Encuentro de Letras y Versos del Atlántico), cuyos actos se han desarrollado en diversos puntos de la serranía de Gran Canaria: Gáldar, Barranco Hondo de Abajo, Caideros y Juncalillo.

Marina Casado, Andrés París, Julia L. Arnaiz y Vasco Macedo ante un fondo de niebla

La mañana del viernes 12 de abril, una densa niebla nos recibió a nuestra llegada a Juncalillo, a la casa cueva donde nos alojaríamos. Era un lugar mágico, casi aislado de la realidad, alejado de los estereotipos turísticos que asocian a Canarias como un destino de sol y playa. Nuestro anfitrión, el poeta Manuel Díaz García, nos explicó más adelante que Juncalillo (perteneciente al distrito de Gáldar) formó parte, en tiempos, de un importante poblado aborigen llamado Artevirgo. Los paisajes que lo componen, heridos de flores multicolores y vientos que juegan a despeinar las ideas, dejan paso a la caída de la tarde a un observatorio astronómico natural en el que la luz más honda es la de la luna. El sábado por la noche, apostados junto al cementerio –en un paraje que hubiera hecho las delicias de cualquier poeta del Romanticismo–, el divulgador estelar Aday Gil Díaz nos enseñó a distinguir las constelaciones y nos mostró con su telescopio algunas estrellas como Sirius o Betelgeuse. También pudimos mirar los cráteres y los mares de la Luna. Otro día, Manuel lideró una auténtica expedición por las montañas de Juncalillo hasta llegar a las ruinas de una mansión abandonada, un lugar también muy becqueriano, con la fuente y los bancos de piedra del antiguo jardín devorados ya por la naturaleza. Después, el valle se cubrió de niebla como si de un algodonoso manto se tratara y el atardecer puso un broche de arrebol a toda aquella belleza.

Juncalillo, Gran Canaria

Inmersos en esos paisajes se desarrollaron los actos del ELVA, en los que nos solo aprendimos de la mirada y la pasión de los poetas y estudiosos canarios a través de recitales, talleres y conferencias (el propio Manuel, Antonio Arroyo Silva, Eusebio López, Berbel, Pepa Molina, Olivia Falcón, Beatriz Morales, Nicolás Guerra, etc.), sino que también conocimos a poetas de otros puntos de la geografía mundial, desde Carmela Linares, de Málaga, hasta Mohamed Ahmed Bennis y Khalid Raissouni, de Marruecos, pasando por Sandra Santos y Vasco Macedo, de Portugal. Hubo lugar para el homenaje a poetas canarios: Cristóbal Rafael Pérez Vegas, Ángel Morales García y Baltasar Espinosa Lorenzo. Los escritores canarios demuestran el orgullo por sus raíces y su cultura, una pasión contagiosa y la mirada abierta al universo.

Rodeados de tantos amigos inspiradores, los Bardos tuvimos ocasión de presentar nuestra Antología y recitar varios poemas. Por mi parte, también impartí una conferencia titulada Como naipe cuya baraja se ha perdido. La soledad del poeta en el mundo, que tuvo como protagonista, por supuesto, a mi adorado Luis Cernuda.   

Han sido estos unos días inolvidables, que permanecerán en el recuerdo y en nuestros versos, que nos conducirán a regresar un día a las tierras del antiguo poblado de Artevirgo para seguir aprendiendo de ellas y de sus gentes, de los colores que componen su bello alejamiento de la realidad. Desde aquí, queremos mostrar nuestro agradecimiento a todas las personas que lo han hecho posible, con un especial reconocimiento a Manuel Díaz García, fantástico idealista contemporáneo, poeta y apasionado rapsoda, el responsable de nuestra presencia en el ELVA, y de la propia existencia del ELVA. La poesía no es una torre de marfil cuando detrás de ella laten seres humanos.