“Este mar al final de los espejos”, de Marina Casado

Cita

Quien entra con los ojos abiertos en la noche, también encuentra algo que no le pertenece

Marina Casado

“Este mar al final de los espejos” es el cuarto y último poemario (hasta la fecha) de Marina Casado, merecedora del Premio Carmen Conde de Poesía 2020 (que publica Torremozas). Desde “Mi nombre de agua” (Ediciones de la Torre, 2016) y “De las horas sin sol” (Huerga y Fierro, 2019), la voz de la autora ha evolucionado constante y paciente y eso se percibe en la perduración de ciertas obsesiones que ya eran recurrentes en sus anteriores obras. Entre estos motivos destaca el mar como escenario atemporal e identitario. Así los comprobamos en el poema “Espejo para tarde sin cuerpo”, que se reproduce a continuación:

La orilla es el cristal donde ordenar
el nombre de las nubes y mirarlas despacio
sin herirnos las córneas.
Late el ocaso igual que un corazón absorto.
La orilla es el reflejo, también,
de nuestra ausencia.
Si pudiera volver para decirte
que el mar está vacío ahora sin tu cuerpo.

Las mismas obsesiones, sí, pero desde una voz que guarda mejor la distancia con respecto a los temas y que demuestra control sobre los clichés, dotada de mayor experiencia y que conserva una musicalidad intuitiva e identificable. Quiero entrever en sus páginas algunos ecos de su formación periodística: la precisión en la palabra y también la construcción de algunos poemas-crónicas, donde se reviven acontecimientos vinculados a los referentes culturales que, de alguna manera, han configurado la educación sentimental de la poeta. La siguiente estrofa de su poema “John Lennon” da buena muestra de ello y también del empleo de la ironía, un recurso que se adivina a la vez crítico y liberador para la escritora:

En aquel desdichado día,
un hombre con los ojos de iceberg
escondido al final de la mañana
vendió su libertad por un revólver,
contribuyó de forma refinada a incrementar el santoral
de las causas perdida y ganadas,
cultivó la semilla de muchos conciertos,
inspiró a los diseñadores de camisetas
y arremetió una seria puñalada
sobre el azul abdomen de la Historia.

Otros elementos transversales en el libro son las anécdotas o pequeñas tramas: un flirteo narrativo en poemas como “El amor”, composición larga que sostiene su temperatura de ensoñación sobre las flores, la lluvia, el mediodía, los noviembres y la invocación de la nostalgia: (Y era triste buscar / las palabras precisas / para que se marchara). También es recurrente en el libro la pulsión vida-muerte, manifestada a menudo en lo erótico, pero nunca exenta de otras tensiones habituales en Casado (el deseo y el miedo, lo eterno y el paso de las estaciones, el sueño y la realidad) y que hacen de su poesía una invitación al vasto mundo de la imaginación de la poeta. Léanse a este respecto lo siguientes versos de “Los gritos caídos”:

Tengo un amor como tengo la noche,
de esa forma compleja y olvidada
en que se desatan las espigas.
Tengo un nombre al borde de la boca
y tengo un miedo tenaz a pronunciarlo
sin llenarme la sangre de septiembres.
(Septiembre a veces se confunde con un acantilado).

Muchos poemas de Casado abordan la temática amorosa y, más allá de ciertas imágenes románticas tomadas del cine o de la literatura contemporánea, cobran fuerza gracias a un tú lírico al que se dirige la confesión y que aparece en textos como “Para escapar a no importa dónde”. Asistimos a la convivencia con este destinatario en escenarios urbanos no siempre placenteros: Madrid es el lugar del poemario (“Madrid”), pero asoman del mismo modo Roma (“Ya no hay gatos en Roma”) o Granada (“Paseo de los tristes”). Este último poema arranca con un bellísimo verso: Aquí tu sonrisa se parece a la muerte.

A lo largo del libro, la autora remite a lecturas de Pizarnik, Caballero Bonald y Gimferrer. No obstante, sigue estando muy presente en Casado la herencia de los poetas del 27 (especialmente de Cernuda y Alberti), tanto a nivel temático como en esa forma de hilvanar imágenes tan acorde con la tradición surrealista: El año en que llegaste, / soñar se parecía a un frágil pasatiempo (de “El largo, cálido verano”). En definitiva, nos encontramos con un poemario que hay que leer porque seguramente es el mejor de la autora (por ahora) y confirma una carrera lírica que se adivina prolífica y muy interesante.

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“Las hogueras azules” de Juan F. Rivero

no hay nada más hermoso
que ser frágil
en un mundo infinito.

Que una lectura comience con la palabra “Imaginemos” es una buena señal porque está invitando a un ejercicio colectivo y también porque nos recuerda la condición de fingidor del poeta y esa suerte de préstamo que constituye toda escritura. Rivero subraya esto último con una cita de Si Kongtu: “Todas las formas prestadas son absurdas”. Así el lema del libro bien podría estar contenido en estas palabras de su autor: “abrir el lenguaje, el cuerpo y la memoria al tacto breve y súbito de la imaginación”.

Rivero 1

En “Las hogueras azules” la poesía es un acto de fe: creer en lo cotidiano para rodear el territorio de lo inefable, pausar el momento de la respiración para recibir la presencia del mundo. Los primeros poemas son breves y contundentes e invitan a un silencio reflexivo que entronca el poemario con la mejor tradición poética oriental, aquella que guarda un hondo fondo metafísico detrás de una expresión aparentemente sencilla. La meditación es el método y el conocimiento consiste en intuir la propia ignorancia ( “Otoño. Amo”). Se suceden poemas efímeros de gran plasticidad, contenidos movimientos y contrastes de color y forma (“Ceden las hojas,”), poemas que buscan a menudo la disolución de la conciencia en la naturaleza, donde luz y agua iluminan igual e igualmente arrastran la imperfección limando el espíritu (“Con lentitud”). Igual que en la poesía de Basho, en la de Rivero se intuye un viaje, aunque en su caso es más bien el mundo el que se desplaza alrededor del observador.

Otoño. Amo
la claridad,
la tarde extensa,
el primer frío.

Bajo el cielo hay mil pájaros
cuyo nombre no sé.

Paradógicamente, es probable que el lector se detenga más tiempo en aquellas composiciones cortísimas (“Aún sigo aquí”, por ejemplo), en las que la ambigüedad le da el relevo al lector porque en ellas todo es insinuación de una belleza sutil e intuitiva (“Tabula rasa”). Así ocurre en la mayoría de poemas del capítulo “Primavera y verano” (“Brusca blancura”, por ejemplo), una parte que cierra con estos versos maravillosos: “si el espacio es un músculo / que jamás se destensa / y hemos sido felices / mientras se extinguía todo; / bajo una sombra u otra, / separados o no”.

Brusca blancura
de las casas del pueblo.

De las grietas más hondas
brotan los árboles.

La tercera parte del libro (“Haibun”) consta de varias prosas que desarrollan una suerte de origen de la poética de Rivero; mientras que el epígrafe cuarto (“Poemas para ser pintados”) invita a leer el que seguramente sea uno de los mejores textos del libro: “Poemas para un biombo sobre la tristeza”, que contiene algunos versos geniales como estos: “Raras veces el tiempo / se ha dejado tocar el corazón. / / Somos la mano que intenta tocarlo”. Y ya casi al final del poemario encontramos otro conjunto de poemas (“Poemas para una fuente”) que abordan la relación con el lenguaje, un tema transversal en el libro, junto con la literatura. La voz lírica se ha aproximado al término de la lengua, allí donde la poesía acomete una investigación que bien puede extraviarla en meras recreaciones (“se desvía del camino, avanza y da / con la pared de la simulación”) o revivir al calor de una cabaña, consumirse lentamente en sus hogueras azules para más tarde resurgir con una voz nueva y propia.

La complejidad sencilla de "Cosas comunes", de Zel Cabrera

“la memoria es un milagro en el que anidan
las cosas simples […]”

(Zel Cabrera, Cosas comunes)

La poesía puede ser sencilla en su forma y, no obstante, transmitir un mensaje profundo. El poemario Cosas comunes, de Zel Cabrera (México, 1988), publicado en Ediciones Liliputienses en 2020, constituye una clara demostración de esta idea. Se trata de una obra accesible para cualquier lector y no necesariamente para un lector del género poético, gracias a su sencillez externa, que a veces llega al punto de parecer más una narración o una exposición de la voz lírica, como si la poeta estuviera hablando directamente con sus lectores. Esa espontaneidad, esa cercanía, combinada con el mensaje, es lo que produce, en el caso que nos atañe, el efecto tan anhelado de la identificación entre lector y autor.

Cubierta de Cosas comunes, de Zel Cabrera (Liliputienses, 2020)

A través de sus versos, Zel Cabrera abre las puertas de su mundo particular a sus lectores. Nosotros tomamos su mano y vamos avanzando página a página, distraídos con su cotidianidad, conociéndola poco a poco, igual que cuando comienzan las amistades. De hecho, al terminar el libro la sentimos cercana: deja de ser la autora, ese ente abstracto habitante tras los versos, para convertirse en Zel, un ser humano que sufre, que disfruta; que vive, en suma. Una persona con miedos, con deseos, con pequeñas manías, amante de los perros y del ruido de los aviones. Un ser imperfecto y acogedor que se va perfilando en cada poema.

Esta obra es, en cierto modo, una declaración de intenciones de la escritora. Con valentía, hace acto de presencia en sus poemas, se desnuda, líricamente hablando, ante sus lectores. No esconde sus angustias en símbolos o en metáforas: cuando está triste, así lo manifiesta, aunque confunda la tristeza con el cansancio o con el hambre y su perro, esa personificación de la inocencia, sea el único capaz de distinguir sus emociones. Hay sabiduría en la sencillez, parece recordarnos. También habla a menudo de su madre, desesperada por llevarla por el camino de la rectitud, o de su padre, más políticamente incorrecto, que de madrugada canta boleros y ve combates de boxeo. Incluso de su abuelo, o de la ausencia de su abuelo, reflexionando así sobre la muerte con precaución, incluso con miedo que no trata de ocultar. Con el mismo cuidado se acerca al amor, aunque defiende que “no es bueno pronunciar amor / cuando el silencio es la palabra”. Para ella, la poesía no puede abarcar la magnitud del sentimiento.

La voz lírica de la autora se presenta como una joven de carne y hueso, corriente y, al mismo tiempo, distinta. Se esfuerza por marcar esa línea desde el principio: la separación entre “los otros” y ella. Ella como creadora, como dueña de una visión que dista del resto: “Porque las mujeres como yo, se casan con sombras / y polvo que se consuela entre los libros, / porque no sé tejer bufandas, / ni rebanar pimientos”, “Yo también lavo mi ropa los domingos, / la tiendo toda en el balcón / sin miedo a las miradas indiscretas”. La poeta se retrata, así, como políticamente incorrecta –más parecida a su padre que a su madre–, pero fiel a la verdad sobre sí misma. Y refleja esa verdad en todos los poemas, pero quizá especialmente en su magnífico y sincero “Autorretrato”: “Escribo que tengo 27 años y todavía le temo / a las escaleras sin barandal”.

Escribía anteriormente que los lectores vamos avanzando por sus versos distraídos con su cotidianidad, atraídos por esta cercanía, pero frecuentemente nos vemos obligados a detenernos en la lectura; cuando nos topamos, de repente, con una reflexión profunda, disimulada entre esas cosas cotidianas. El libro, de hecho, está plagado de este tipo de reflexiones, por lo que consigue elevar lo rutinario a un plano espiritual, lírico. Lo hace a través de símbolos desvelados, de metáforas próximas al aforismo o, incluso, a la greguería: “La ropa íntima es esa verdad a media voz que se susurra, como un secreto”, “Las tijeras son una goma borrando los lugares en los que la memoria ya no paseará”, “ese encanto de partir un pliego en dos como un Moisés dividiendo el mar negro”, “las velas son un faro en miniatura que soplo y apago para perder la ruta”, “El autobús es una maquinaria de objetos perdidos, grabado en el epitafio de los condenados a la espera”.

Por último, a lo largo de la obra no dejamos de notar el acervo cultural de la poeta, cuando los personajes de Shakespeare, Julio Verne o Jack Keroauc aparecen tranquilamente por sus versos, como flotando, o cuando hace alusión a algún mito, como el de Sansón y Dalila, para asociarlo a un acto tan cotidiano como cortarse el pelo.

De este modo, Zel Cabrera simplifica las reflexiones más hondas, los sentimientos más profundos; los envuelve de una aparente sencillez que atrae al lector. Porque la poesía, finalmente, es conseguir partir de la experiencia personal para alcanzar un mensaje universal.

Música y poesía

Si algo hemos aprendido del arte es su capacidad por nutrirse de las distintas áreas de la vida dando lugar a un producto, si no nuevo, armonioso. Los Bardos han tenido la oportunidad de demostrar que música y poesía pueden enlazarse en eventos muy dispares, desde la combinación temática estructurada en concierto y recital poético como fue el evento del 22 de febrero en la Librería La Lumbre. En este encuentro Los Bardos y Sebastia, bajo la temática del amor y superación de uno mismo, presentaron un marco donde se alternaba la actuación en acústico de la cantautora Sebastia con los poemas de Marina Casado, Julia L. Arnaiz, Guillermo Marco, Olira Blesa, Andrés París y Eric Sanabria; dando lugar a una combinación perfecta donde, cual marejada, un mismo sentimiento se manifiesta bajo letras y compases como fuente de empatía entre los artistas y el público.

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-con Sebastia en La Librería La Lumbre-

Otra oportunidad que han tenido Los Bardos al abrir la puerta al lenguaje musical fue el pasado 7 de abril de nuevo en La Librería La Lumbre con un proyecto de m:re music: Donde resuenen las palabras. Este proyecto comenzó a formarse en septiembre del año pasado en el que m:re music propuso a Los Bardos un proyecto atractivo a la par que ambicioso. Olira Blesa, Laura Navarrete (poeta que representó a Debbie Alcaide), Guillermo Marco, Alberto Guirao, Marina Casado, Andrés París, Julia L. Arnaiz y Eric Sanabria guiados por Víctor (m:re music) interiorizaron en el significado de la poesía y su conexión melódica. Tras una entrevista, m:re se lanza a la elaboración de una serie de piezas musicales que acompañarían el recital poético del 7 de abril. M:re music quiso sorprender con una puesta en escena que mezclara los sentidos auditivos y visuales, por ello, a cada una de las piezas le fue asignado un color que teñiría el fondo del escenario de La Lumbre mientras los poetas recitaban uno por uno.

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-cartel del evento “Donde resuenen las palabras”-

Teñido por el ánimo poético, m:re music se manifestó a sí mismo no solo como artista musical, sino también poeta, introduciendo hacia la mitad del evento una pieza desconocida para el grupo y un poema escrito por el propio m:re music; dando así el resultado de un evento diferente, ambiguo a todo lo que Los Bardos habían presentado hasta entonces, pero ganándose el aplauso del público y su interés porque esta experiencia no quedara solitaria en la historia de Los Bardos ni en un recital. Parece que no será esta la única ocasión en la que Los Bardos den la mano a nuevos retos imbricando poesía y el resto de las áreas del arte.

Poesía, amistad y naturaleza en el ELVA

Foto de familia del ELVA. En Gáldar, Gran Canaria

La poesía es algo más que una torre de marfil desde la que aposentarse y contemplar el mundo. También es conocer, compartir, vivir. Esta semana, he vivido junto a cinco compañeros bardos (Andrés París, Eric Sanabria, Alberto Guirao, Julia L. Arnaiz y Olira Blesa) una experiencia inolvidable en un marco natural que no podría ser más poético e inspirador. Hemos participado como invitados en la segunda edición del ELVA (Encuentro de Letras y Versos del Atlántico), cuyos actos se han desarrollado en diversos puntos de la serranía de Gran Canaria: Gáldar, Barranco Hondo de Abajo, Caideros y Juncalillo.

Marina Casado, Andrés París, Julia L. Arnaiz y Vasco Macedo ante un fondo de niebla

La mañana del viernes 12 de abril, una densa niebla nos recibió a nuestra llegada a Juncalillo, a la casa cueva donde nos alojaríamos. Era un lugar mágico, casi aislado de la realidad, alejado de los estereotipos turísticos que asocian a Canarias como un destino de sol y playa. Nuestro anfitrión, el poeta Manuel Díaz García, nos explicó más adelante que Juncalillo (perteneciente al distrito de Gáldar) formó parte, en tiempos, de un importante poblado aborigen llamado Artevirgo. Los paisajes que lo componen, heridos de flores multicolores y vientos que juegan a despeinar las ideas, dejan paso a la caída de la tarde a un observatorio astronómico natural en el que la luz más honda es la de la luna. El sábado por la noche, apostados junto al cementerio –en un paraje que hubiera hecho las delicias de cualquier poeta del Romanticismo–, el divulgador estelar Aday Gil Díaz nos enseñó a distinguir las constelaciones y nos mostró con su telescopio algunas estrellas como Sirius o Betelgeuse. También pudimos mirar los cráteres y los mares de la Luna. Otro día, Manuel lideró una auténtica expedición por las montañas de Juncalillo hasta llegar a las ruinas de una mansión abandonada, un lugar también muy becqueriano, con la fuente y los bancos de piedra del antiguo jardín devorados ya por la naturaleza. Después, el valle se cubrió de niebla como si de un algodonoso manto se tratara y el atardecer puso un broche de arrebol a toda aquella belleza.

Juncalillo, Gran Canaria

Inmersos en esos paisajes se desarrollaron los actos del ELVA, en los que nos solo aprendimos de la mirada y la pasión de los poetas y estudiosos canarios a través de recitales, talleres y conferencias (el propio Manuel, Antonio Arroyo Silva, Eusebio López, Berbel, Pepa Molina, Olivia Falcón, Beatriz Morales, Nicolás Guerra, etc.), sino que también conocimos a poetas de otros puntos de la geografía mundial, desde Carmela Linares, de Málaga, hasta Mohamed Ahmed Bennis y Khalid Raissouni, de Marruecos, pasando por Sandra Santos y Vasco Macedo, de Portugal. Hubo lugar para el homenaje a poetas canarios: Cristóbal Rafael Pérez Vegas, Ángel Morales García y Baltasar Espinosa Lorenzo. Los escritores canarios demuestran el orgullo por sus raíces y su cultura, una pasión contagiosa y la mirada abierta al universo.

Rodeados de tantos amigos inspiradores, los Bardos tuvimos ocasión de presentar nuestra Antología y recitar varios poemas. Por mi parte, también impartí una conferencia titulada Como naipe cuya baraja se ha perdido. La soledad del poeta en el mundo, que tuvo como protagonista, por supuesto, a mi adorado Luis Cernuda.   

Han sido estos unos días inolvidables, que permanecerán en el recuerdo y en nuestros versos, que nos conducirán a regresar un día a las tierras del antiguo poblado de Artevirgo para seguir aprendiendo de ellas y de sus gentes, de los colores que componen su bello alejamiento de la realidad. Desde aquí, queremos mostrar nuestro agradecimiento a todas las personas que lo han hecho posible, con un especial reconocimiento a Manuel Díaz García, fantástico idealista contemporáneo, poeta y apasionado rapsoda, el responsable de nuestra presencia en el ELVA, y de la propia existencia del ELVA. La poesía no es una torre de marfil cuando detrás de ella laten seres humanos.

Capturando las nubes de Guillermo Marco

Guillermo Marco y Javier Martínez Ruiz presentando Otras nubes en La Casa Encendida

Hace casi un año que los Bardos presentamos nuestra Antología. Llovía en Madrid y la biblioteca de La Casa Encendida se hallaba abarrotada de amigos, familiares y admiradores. Era nuestra “puesta de largo”. Casi un año más tarde, algunos bardos regresamos al mismo lugar para acompañar a Guillermo Marco en la presentación de su primer poemario, Otras nubes, con el que ha obtenido un accésit del 72º Premio Adonáis de Poesía, la misma edición en la que yo quedé finalista y gracias a la cual pude conocerlo.

Guillermo ha sido el último bardo en incorporarse al equipo, cuando nadie esperaba ya nuevas incorporaciones. Fue algo rápido y casi espontáneo, como si hubiera sido bardo desde hace mucho tiempo y anduviera por ahí perdido, esperando que lo encontráramos. En la primera reunión a la que asistió, nos sorprendió con una serie de poemas cortos, profundamente reflexivos, que ahondaban en su cotidianidad dejando ingeniosos flecos de existencialismo, muy a la manera de la Generación del 50. Tras aquella primera reunión, supimos que ya era parte del grupo.

El caso es que cuando volvimos a La Casa Encendida el pasado jueves 28 no llovía en Madrid, pero la biblioteca se hallaba igualmente abarrotada. Publicar un primer libro es algo muy especial, una especie de comunión pagana en la que de repente es posible reunir a personas de ámbitos muy distintos, personas que nunca esperarías ver en la misma sala, unidas por su ilusión para con el nuevo vate. Presentaba el evento el filólogo Javier Martínez Ruiz, profesor de Guillermo en el instituto Duque de Rivas, que le descubrió a uno de sus grandes referentes poéticos: Claudio Rodríguez.

Portada de la obra Otras nubes, de Guillermo Marco

Tras su fructífera intervención, en la que destacó el don de palabra de su ex alumno y la profundidad de sus versos, llegó el turno del propio Guillermo, que hizo las delicias del auditorio con un recital corto y hondo, como su poesía, amenizando la lectura de poemas con comentarios acerca de su génesis, comentarios que también retrataban fragmentos de su vida, sus sueños, sus recuerdos; porque, como él mismo confesó, la poesía refleja la personalidad del propio poeta. Aunque no está de acuerdo con la idea de la poesía como instrumento terapéutico o recipiente de victimismos, sostiene que la experiencia vital resulta fundamental como base desde la que partir, elevando lo cotidiano a un plano casi metafísico, tejiendo una red de sabiduría inocente y precisa. Así, en los poemas de Otras nubes aparecen sus padres, su hermana y su abuela, sus “antiguas novias” –a las que siempre recuerda sonriendo– y una anónima panadera de Puerta de Arganda. Pero también un limonero, un taxi que no se detiene y una librería que casi posee vida, que ha dado forma a su infancia y adolescencia. También “los otros Guillermos” que, como heterónimos de Pessoa, se pasean por el libro: el que debe volver, el violonchelista y el pastor, el que se ha quedado anclado en la infancia, en su pueblo. Todos estos personajes vivos –incluso los materiales–, reales y ficticios a un tiempo, ayudan a componer esa red de observaciones, de anotaciones en el diario vital, de sabiduría espontánea y limpia.

Guillermo sorprende por su vasta cultura a pesar de su juventud ­–nació en 1997– y su capacidad para conectar la poesía con entornos tan aparentemente distanciados como la ingeniería de computadores, que estudia actualmente en la Universidad Politécnica, combinándola con el grado de Lengua y Literatura Españolas en la UNED. Investiga el procesamiento y generación del lenguaje natural con redes de neuronas artificiales. Además, dirige un programa sobre literatura en la Radio del Campus Sur de la UPM.

La presentación de Otras nubes, publicada en la prestigiosa colección Adonáis de la editorial Rialp, fue todo un éxito. Nos invitó a todos los presentes a capturar una a una las nubes que componen el mosaico de su verdad, una verdad que, admitió, solo es posible hallar de forma limpia en su poesía. Cómo no aventurarse a leerlo.

Guillermo Marco firmando ejemplares de su obra en La Casa Encendida

CARACOLA

Igual que en una caracola suena el mar,
si acercas tu oído a mi boca
escucharás las palabras que callo.
olvidarás los nombres propios,
los párrafos marítimos,
los cálidos susurros.
sentirás un fresco chapoteo de palabras.
en la caracola está el mar.
en mi silencio, este libro.

(De Otras nubes)

Presentación de Otras nubes en La Casa Encendida