“Protocolo rebelde”, de José Iván Suárez

Extinguidos o reinventados,
mendigando civilización.

La separación de la naturaleza como una de las causas de la tragedia. Este hilo conductor, que León Molina señala en el prólogo de Protocolo Rebelde, constituye el leitmotiv del último libro de José Iván Suárez, un poemario cuyo trabajo con el lenguaje recuerda al de obras anteriores como Próximamente pan (V Premio internacional de poesía Margarita Hierro): el uso inesperado y chocante de la palabra y expresiones del habla vulgar, localismos de su tierra, según Molina. Así, con la poesía de Suárez asistimos a un ejercicio de situación en la mirada y en la voz del otro (que es siempre un otro colectivo) para observar y hablar de la propia experiencia, un planteamiento sugerido por dos fotografías (la de la solapa y otra interior). También recorre su libro el subjetivismo del paisaje rural (la representación de la escisión hombre-naturaleza, del drama de la civilización), que fácilmente nos hace pensar en un Antonio Machado actualizado. Y es que la temporalidad posee un cariz indefinido en la obra de Suárez: el ambiente se mueve entre la distopía y lo antiguo-eterno, entre términos en desuso y tradicionalismos y sobre la meseta castellana. El poeta escapa así a la dictadura de la moda a través del anacronismo; construye un mundo perenne, el de las crisis cíclicas, el de una angustia existencial siempre vigente.

Protocolo rebeldeEl primer capítulo del libro (Alumbramiento) viene precedido por una prosa narrativa acerca del nomadismo, una primitiva manera de habitar la tierra. Esto se anuncia mediante una imagen sugerente: una mano y una piedra sílex; el regreso a una industria originaria, a unas formas de añorada armonía, de instintiva búsqueda de certezas (mientras densamente afila su destino / cuchillo en mano contra el pecho de los dioses). Aparece ya en estos primeros poemas la voz identificable del poeta, una confesión entre carraspeos, una ironía telúrica y cercana: que la muerte es dura y afilada como el sílex / o blanda y mansa como un bocado de agua. La relación de la humanidad con su entorno es la del espectador asombrado que recurre a la representación (tiznando los techos de la cueva) y que, de todos modos, continúa desorientado (Aquí estamos, perdidos). Términos como yesca, lascas, hachas y cuchillos hablan de supervivencia durante el tiempo de las primeras tormentas. El autor nos sitúa en la infancia de nuestra especie y, desde ella, nos relata un caminar duro, pero menos grave, un recorrido literal y metafórico, una versión del homo viator para ser leída con las pantuflas puestas. Suárez nos muestra igualmente la invención del pensamiento mágico, una inicial interpretación del mundo, una poesía que es intuitiva forma de comunicar y celebrar:

VII

Corren libres las aguas
y los pies juegan como peces que escapan del anzuelo.
Bailamos desnudos sobre las pavesas o las ascuas
blincando
y el universo,
                Venus enfebrece
de tanto mal paso y tantas risas
y las perseidas al compás de las doce lunas
contemplando nuestras señales de humo
mientras gritamos y reímos
mientras la lumbre asa
raíces mágicas.

Esa raíz mágica representa la vuelta al origen; esto es, una visión radical de unión con la naturaleza, el regreso a un estadio completo del ser, a una espiritualidad panteísta. Esa forma de comunión es alimento para el hambre en las montañas. Cierra este primer capítulo la conciencia acerca de la condición de especie-tribu y la invocación de una promesa: verbos en futuro que sugieren la perpetuación del colectivo, pero también la seguridad de la muerte (casi lorquiana) que se lleva a un niño como un ogro más pesado que la gran lluvia.

El segundo episodio (Una fuente de sangre) nace de una ruptura entre lo humano y el entorno (certificada por los verbos en pasado); es decir, el nacimiento de lo artificial, la creación de unos simios que tallan maquinaria cortante para el alma y son solo amor precario. Ese paraíso perdido es descrito desde una perspectiva unitaria: oponiéndose a la dicotomía clásica mente-corazón, Suárez propone una inteligencia que late quejumbrosa y que ahora solo tirita como un corazón perenne. Así lo apreciamos en el siguiente poema:

II

Porque tuvimos mente
y ahora solo somos
corazón perenne que nunca deja de latir y tirita
como la perdiz que brinca de acequia en acequia
a la conquista de su alpiste que le permite vivir.
El corazón voraz que nunca dejar de azorar
y aunque quejumbroso late, todo corazón
escaso cuajo y harapiento, el raciocinio.
Porque tuvimos cabeza y ahora somos sólo
alma escuálida
                embriagada en húmedas cábalas.

La memoria y la nostalgia surgen como ejercicio para combatir los paisajes de infinitos rectos y se construyen ligadas a los detalles de la vida rural (la casa, el campo, la comida). Al mismo tiempo emerge la crueldad, temprana hija del progreso que, sin embargo, no logra vetar completamente las pequeñas esperanzas. El poeta retrata en este capítulo los conflictos en la convivencia (Ruido de peleas) y la aceleración vital como consecuencia cultural y también como aproximación a una muerte en la que terminaremos queriéndonos: alivio tras una existencia extendida entre la utopía y la inopia. Estas tentativas de evasión tienen que ver con esa idea de viaje continuo que, no obstante, no consigue redimir una angustia existencial guardada en el petate, una melancolía innata. Si acaso damos con breves armisticios, treguas de lumbre y silencio en el lugar cálido. Pero frente a estos instantes prevalece el concepto de vida como máquina de tortura; una suerte de rueda de la fortuna trucada y girada por azares celestiales, un dios rencoroso y vengativo que el poeta describe así: Dios era un chiquillo con caries / levitando sobre las ascuas. Esa maldad o deidad demoníaca está íntimamente unida al paisaje, a lo telúrico: está en el campo sembrado por los pioneros, en sus cosechas, matorrales y panochas. Termina esta serie de poemas con la idea de pueblo como entidad compleja. En él se habita una mentirosa paz y el viento es un vecino más, un pervertido que evidencia la soledad y la muerte tras las cuatro esquinas, la calle ancha y polvorienta y los juegos de cara o cruz. También se explicita ese dolor tan humano por ser tan infinitesimales; una herida que recorre un poemario bajo el que late, eso sí, una fuerte pulsión de vida: y seguir al acecho de tanto prodigio / como nos aguarda.

En Catarsis cuántica, el tercer capítulo, se abre la puerta a un tiempo actual en el que experimentamos la tensión entre una sociedad de consumo neoliberal (somos pura obsolescencia y todo pasa) y la crónica tristeza de los hábitos de consumo (fétida monotonía). En este sentido, la extinción vuelve a contemplarse con una suerte de satisfacción, como oportunidad de reposo: donde el cataclismo aguarda / después de los anuncios. El análisis de Suárez se centra en las dinámicas económicas y la precariedad del trabajo-consumo: el ánimo se convierte en quiebra o la fe nunca trae código de barras. Por otro lado, volvemos a advertir una primera persona del plural, recurrente en algunos textos del libro, que surge a veces como arenga y otras como testimonio de unas vivencias compartidas, el canto de una mitología común: Zarpamos hacia mares / de gentes y revuelta en suspensión. Este nosotr@s regresa al final del capítulo más optimista, alentado por el espíritu de rebeldía, por la revolución como última etapa del ciclo vital (dinamita en la boca, pólvora en los oídos / destino revolución). En cuanto al uso del lenguaje, la yuxtaposición de términos costumbristas (ratejos, minuticos) y otros científicos (nanómetros) conforma una impresión de mundo irreal o discurso de ánima borracha.

Llegamos al fin al Protocolo rebelde, un epílogo de urbano surrealismo (usura pobre de las esquinas), fauna de ciudad (avispas pesimistas), existencialismo, ritmos acelerados (conciencia agitada por las ventiscas, velocidad ingrávida) y esperas infructuosas de una revolución que nunca estalló. En este cierre del libro también se dan cita las distracciones previstas por el consumo (wisky rancio, alambique del infierno) y la caridad hipócrita y ajena a la conciencia social (caramelo envenenado). No obstante, este largo poema último se dirige hacia un final ligeramente luminoso (Pero entre la piedra / siempre asoma la flor) que también sugiere indicaciones para la necesaria insurrección: Izar el amor como emblema o esta ira que trepa por la injusticia.

Comprar Protocolo Rebelde (Versátiles Editorial, 2020)

“Como nace el agua”, de Andrés París

Porque hasta los peces más pequeños,
que pierden su corazón en el aire,
se alivian con tu lluvia.

En unos tiempos en los que el cuñadismo ha asaltado la Biología y señoros se autoproclaman expertos virólogos, algunas amistades me han recordado que quien sabe de algo rara vez formula sentencias contundentes, rara vez recurre a generalidades sin avisarlas y siempre explica por vocación de comunicar y no de subrayar su superioridad. Andrés París, doctorando en Biociencias Moleculares en el Centro Nacional de Biotecnología (CNB-CSIC), es uno de estos amigos de los que aprendo que el compromiso con la verdad combina una actitud humilde y el placer de transmitirla. Y para esto último a menudo resulta útil, más que el lenguaje práctico, la analogía o la imagen; porque ellas contienen no solo un esquema sino cómo lo sentimos y cómo lo pensamos. Tal vez por esto la ciencia y la poesía no sean las dos pasiones de París, sino una sola: la pasión de quien mira el lenguaje y la vida desde otro lado (o espejo) y luego regresa para intentar pronunciarlos con los recursos (siempre insuficientes) de ese lenguaje y de esa vida; la pasión de quien tiene algo que decir.

como nace el agua

El prólogo que Marina Casado escribe para Como nace el agua (Huerga y Fierro, 2021) avanza algunas de las claves del libro, entre ellas: la influencia de Gilles Deleuze (autor de Rizoma) y la estructura especular del poemario. También las citas de apertura escogidas por el autor (una de Niels Bohr y otra del mismo Deleuze) dan una idea de su poética: escribir poesía es como imaginar una pregunta que no espera nada a cambio, si acaso bordear el territorio de lo inexplicable. Completa este posicionamiento el arranque del primer capítulo (Reflejo) al incidir en cierto relativismo, en el conflicto lectura-escritura, en el acercamiento a la poesía como género de no ficción donde, además, la confianza y expectativa del propio lector resultan decisivas (véase el poema La poesía). Los primeros versos de París revelan ya un hermetismo de influencia surrealista y nos conducen a un territorio íntimo (La isla de) en el que el cuerpo, el tiempo y el agua (río, playa, velero) se acoplan oníricamente para sugerir una suerte de tierra primigenia, aquella de la que parten y a la que regresan todos los caminos.

Las recurrentes imágenes marinas que se hilvanan en una revitalización del tópico vita flumen (la vida como río), al mismo tiempo son escenario de la relación erótica (besos de adarce, bogar más allá de los cuerpos). De esta forma, el encuentro carnal está bañado por el mar (doble origen) y expresa sus movimientos y fusiones recurriendo a la sonoridad: vuelve así la estela curva / del punto suspensivo o Y solo silencio soy. En ocasiones la vista del poeta se desplaza hacia otros motivos naturales (el cielo, la siempre noche) y, a través de esa observación o desde la misma, configura un primer habla (una lengua saudade). En el poema Durante el beso la vista vuelve a descender a los cuerpos, a la aparición de un tú lírico que no abandonará el libro y a una musicalidad particular que París logra eliminando preposiciones y determinantes y, tal y como comenta Casado en el prólogo, empleando sustantivos adjetivados. Este tipo de construcciones nos sorprenderán a lo largo de la lectura: tiempo luto, caricia nube, pétalo esfinge, etc.

Pronto comprobamos que el amor y la muerte son temas centrales de Como nace el agua. El primero, interpretado como origen, como unión y no-número, conecta con el título del anterior poemario de París (Entre el infinito y el cero). El segundo de los temas, la muerte, adquiere relevancia a lo largo de la lectura y comienza casi como una intuición, como una primera conciencia, en el texto Cómo verse: Verse, horizonte, / como desaparecemos algún día. Y justo tras estos versos nos topamos con uno de los mejores poemas del libro, que reproducimos a continuación:

Ser exógeno

I

Hay una lluvia pendiente
por disolver en los ojos
callando silencio y mirada.

Aún no es la imagen suave
de una pluma
que medita su caída,
                                           ala y lágrima
                                           de pétalo esfinge,
corazón, primero de nube,
y de rojo por herir después
el rayo que dio luz
al primer fuego.

Sé dónde me escondes,
por qué un pequeño mar
tiende a las estrellas:
o la noche es de cortina
o mi pecho de farol.

Amarte es remar
con un paraguas,
a veces, cerrado.

No es casualidad que otro de los poemas (Espinosa) esté encabezado por una cita del filósofo racionalista Spinoza. Y es que podemos entroncar a París con el pensamiento panteísta: sus vivencias poetizadas, la naturaleza, el amor y el estudio científico conforman una unidad. Este convencimiento se condensa en un aforismo incluido en el poema: Aquello mayor que cero / es principio de alegría. Ese hermanamiento de todo lo que existe se escancia sobre textos posteriores como Préstame el paisaje, donde el lugar rebasa el concepto geográfico para ser también (y sobre todo) la ausencia, los silencios, el deseo de encuentro y, en definitiva, ese otro mundo que no es nosotros. En línea similar, Suya se desarrolla en clave vital (el ciclo de la vida), pero también como región profunda y escondida, zona de incertidumbre que abre con la siguiente certeza:

Mi vida tiene tres pasos,
media vuelta
y un lugar inaccesible.
                                         (fragmento de Suya)

Uno de los poemas que cierra el primer capítulo del poemario, Mercado, es una larga alegoría en la que se retrata, desde lo cotidiano, la corrosión neoliberal, el comercio injusto / que inaugura con la muerte. En el texto se dan cita la oferta (el contrabando de voluntades), el fin de los recursos (la seca semilla del jardín) y la pobreza (copas melancólicas). También se dan cita Lorca (los siempre cinco de la tarde) y quizás Hemingway (y miras un viejo comiendo / el tiburón que lo tuvo en vilo). Después el poeta regresa al agua, materia transversal, elemento-herencia que da sentido al libro: Porque el agua no se detiene atravesando estados / sino en la débil ocupación de cada cuerpo.

La bisagra de Como nace el agua es un intermedio (Retorno) de cuestiones filosóficas y peces humanizados. El poeta insiste en su concepción cíclica de la existencia, cercana al pensamiento oriental, donde el retorno tendría como objetivo el perfeccionamiento del universo mediante la vuelta al origen, a ese mundo envuelto por fuego: se preguntan por el fuego / como oscuro alrededor.

Por su parte, el tercero de los capítulos (Espejo) completa la estructura simétrica del libro, dialogando con la primera (Reflejo) hasta el punto de proponer segundas partes de sus poemas: Bioquímica II, Ser exógeno II y Los juegos de la sirena II. Poemas como Casa oscura siguen indagando en la representación de la muerte (una casa oscura y fría / para los cuervos / que sobrevivan). Otros textos como Último hombre se extienden entre dos magníficos aforismos, el segundo de los cuales el lector podrá ver impreso en el cruce entre las madrileñas calles de Monforte de Lemos y Puentecesures gracias al proyecto Versos al paso.

Hay cielos grandes o pequeños,
depende de la fe o el planeta.
[…]
La muerte del último hombre
jamás será confirmada.

Hay también un poema (Cuando me llamaba Arturo) protagonizado por un doppelgänger sobre el que reside el secreto que el amor exige. Hay otro (Sobre el mundo) que homenajea al dibujante M.C. Escher: abraza sus mundos imposibles y los yuxtapone creando auténticas imágenes visionarias. El poemario se completa recuperando motivos marinos y amorosos que tienen como destinatario al tú lírico, soldando fin y creación (Muero como nace el agua), regresando a la familia y a la primera infancia (el blanco lúcido de los niños) y abordando la eterna disyuntiva entre vida y literatura (la vida no puede ser un poema). Asimismo, llaman la atención los dos decálogos contenidos en las últimas páginas del libro: Diez besos y Olvida que es un decálogo. Este último consiste en una bella lista de reglas que bien nos valdría como recopilación de propósitos para 2021.

“Liberalismo político”, de Francisco José Chamorro

Ven conmigo a la fiesta de las fechas de caducidad.

liberalismo-politicoLos dos libros de Chamorro publicados en Hiperión (“Liberalismo político” y “Teoría de la justicia”) coinciden en el juego con diversas tipologías textuales. En el caso de “Liberalismo” el autor se apoya en el libro homónimo del filósofo estadounidense John Rawls para abordar una serie de temas a través de la experiencia poetizada. Las relaciones no son siempre de tesis-ejemplo, sino que las tensiones creadas por Chamorro entre los títulos (una suerte de epígrafes ensayísticos) y los poemas suelen tender a la contradicción, la ironía o un humor descreído y lúcido. Inevitablemente esta propuesta nos lleva a reflexionar sobre el valor de la poesía como ficción, un ejercicio entre el fingimiento y lo autobiográfico (si es que ambas cosas no son la misma).

En los textos de Chamorro se critican los sistemas de producción atendiendo a sus efectos alienantes sobre el carácter del trabajador (“pero el whisky llega tan al fondo / que agarras el vaso como si fuese tu padre muerto”). Así el individuo fracasa al buscar su identidad en el trabajo o en el consumo y solo se topa con siglas, facturas y otros textos que amarillean velozmente. Detrás del poema se atisba un relato de aprendizaje; detrás de las limitaciones materiales, una suerte de educación sentimental (“Bilbao, Roma, Berlín, Madrid, Valencia, Sevilla, quizá fue por eso, por no agotar / el dinero por no ir a verte, quizás fue por eso”). Como se ve, los recursos económicos aparecen como obstáculos para el amor, al igual que la distancia, que al fin y al cabo se salva mediante la adquisición (así lo comprobamos en el siguiente fragmento de “6. La idea de una sociedad bien ordenada”).

Soy un hombre bueno y quiero viajar gratis,
debería bastar.

Soy un hombre pobre y quiero viajar gratis,
debería bastar.

Así todos querrán ser buenos, para viajar gratis,
así es como la paz descenderá sobre el mundo,
así es como los hombres volverán a los universales.

Recemos por las compañías de bajo coste,
recemos por las organizaciones humanas
que nos permitirán visitar el mundo.

Llegar existe.

La segunda de las tres “Conferencias” (o capítulos) que estructuran el libro, “Las facultades de los ciudadanos y su representación”, plantea cómo la tecnología y las ofertas interfieren en la vida y, junto a los momentos más íntimos, construyen una iconografía personal entre la sensación de atropellada libertad y la impotencia. En estas condiciones el poema (o la vida) se escribe ya no en ratos libres, sino en instantes que pertenecen a la propia jornada de trabajo o consumo (“En la medida en que apropiarse de las cosas / es el primer síntoma que provoca su pérdida / llegué a la conclusión de que soy un animal / de fábrica”). El precariado es una escuela de participación en el mundo y “La soledad es el perfil donde todo se reconoce”; mientras de fondo ondea el origen como otro de los temas fundamentales: la familia, la necesidad de autonomía, el alejamiento y el regreso, la inmovilidad y la frustración (“Qué hago aquí, / te preguntarás, / otro whisky, mayo, en cualquier pueblo de Extremadura”). No obstante, también hay lugar para ese humor perspicaz y derrotado del que hablábamos al comienzo (véanse los siguientes versos de “8. Psicología moral: filosófica, no psicológica”).

Has invitado a todos, por qué a mí no, Pablo,
no lo entiendo, me gusta El Hormiguero, lo veré incluso cuando esté muerto.

Tampoco el Gran Wyoming me ha invitado al Intermedio,
será que no estoy a la altura, será que mis libros podrían no gustar, es un programa al que van tipos inteligentes y con trayectoria, pero me da pena, me gustaría asistir algún día, sí, me encantaría.

Será que detestan la poesía, a los poetas, será que no somos dignos de sus programas.

La última de las conferencias (“Constructivismo político”) parte del enfrentamiento del texto digital y de las opciones de búsqueda dentro de una oferta aparentemente diversificada (“confié en que jamás mentirían quienes alguna vez se comprometieron con la verdad”). Este problema alberga una pregunta radical: ¿cómo conocer las cosas en sí mismas, lo que son, objetivamente, sin tener en cuenta su relación con aquello que las rodea, con el mercado, con el consumo, con sus fechas de caducidad?

Nos persigue la patria, pertenecer. Los nombres,
nos persiguen los nombres. La oferta que nos obligó
a gastar cuanto nos quedaba para cenar a las afueras.

De todo cuanto amé queda hoy un idioma de animales.

Dejé de escribir mi nombre en los partes de trabajo
                                                                   tal y como indicó el nuevo encargado.

Fragmento de 7. ¿Cuándo existen las razones objetivas, en término políticos?

 

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“Lámparas ideales”, de Mercedes Halfon

Ya pasó la noche pero el cielo
sigue demostrando su altura

Cubierta de Mercedes Halfon-1Acercarse a la poesía de Mercedes Halfon supone constatar estas palabras del prólogo de Lámparas ideales (a cargo de Luis Chaves): “nos muestra todos esos momentos de la vida hechos para desvanecerse”. Esa actitud contemplativa se hace evidente en los primeros poemas del libro: una suerte de movimientos perezosos con las pantuflas calzadas, el índice señalando lo poético en lo cotidiano y “el papel de un alfajor arrastrado por el viento” como la inolvidable bolsa de American Beauty. Pronto se descubre que esa preferencia por lo volátil no solo es de tipo espiritual, sino que viene marcada por cierta marginalidad en las condiciones materiales (“Estoy fumando nafta con una amiga”). Se revela entonces la impotencia frente a una realidad llamada a la extinción y cuya única migaja será la lejanía del recuerdo (“Agarrar viene de garra”). Esta clarividencia que otorga la certeza de la muerte viene acompañada en algunas ocasiones de temas recurrentes (la soledad o la noche) y en otras de motivos místicos (el alimento, la naturaleza) que son el preludio de la ascensión.

¿Será que cavilabas en la barra de aquel bar
con la copa medio tibia
que dejaste para ir a caminar
por pasillos espejados aferrada
a la idea de los días que iban a caer?

No dudabas
El viento empujó tu cuerpo como una ceniza.

Fotos de tu casa con los muebles cambiando de lugar

Suceden a estos poemas otros de impresiones fugaces y las resacas de varias desapariciones, pero también hay lugar para la ironía y un particular humor (“Una lámpara para ver situaciones no ideales”) a veces extensible a los lenguajes reales o aparentes (“Volvimos a la escena del crimen”). La casa es un lugar (casi un cuerpo) en “Lámparas ideales”, un espacio que en algún poema (como el que se reproduce a continuación) recuerda a aquellas palabras de Duras: “La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura”.

Donde están las plantas y el sol
pero insiste en entrar
donde escribo en penumbras
y no quiero ser molestada
por primera vez en mi vida tengo un lugar
un poco sucio donde vengo a pensar en mis cosas
puedo fumar sin que esto sea un problema para nadie
es una casa bella pero descuidada,
pienso en la casa como un sustantivo
una casa es un sustantivo
mucho mejor que decir casa bella
es decir casa
mejor que decir luminosa
es decir luz.

Me parece que el gato debe quedarse afuera

Esta idea de lo corpóreo se desarrolla especialmente en un segundo y breve capítulo a modo de epílogo (“Ritcher”), donde la casa antes nombrada se vuelve un órgano trémulo, entre el desperezo y el seísmo, y ese temblor primigenio se extiende, pasando por el vuelo de una mosca o la idea de fin, hasta llegar al estatismo de los árboles como forma de ataraxia. No obstante, como bien avisa el prólogo, la conciencia de la temporalidad, de cómo el tiempo es capaz de construir antípodas a partir de posiciones idénticas, es el elemento transversal del libro (“Nuestro pin up”). Aquí es donde la mirada de la poeta se detiene en la ligereza natural y en sus cualidades plásticas, en detales mínimos y en alusiones veladas al propio proceso de escritura (“Escuela de surf” y “Estaba en el aire pero”).

“Este mar al final de los espejos”, de Marina Casado

Quien entra con los ojos abiertos en la noche, también encuentra algo que no le pertenece

Marina Casado

“Este mar al final de los espejos” es el cuarto y último poemario (hasta la fecha) de Marina Casado, merecedora del Premio Carmen Conde de Poesía 2020 (que publica Torremozas). Desde “Mi nombre de agua” (Ediciones de la Torre, 2016) y “De las horas sin sol” (Huerga y Fierro, 2019), la voz de la autora ha evolucionado constante y paciente y eso se percibe en la perduración de ciertas obsesiones que ya eran recurrentes en sus anteriores obras. Entre estos motivos destaca el mar como escenario atemporal e identitario. Así los comprobamos en el poema “Espejo para tarde sin cuerpo”, que se reproduce a continuación:

La orilla es el cristal donde ordenar
el nombre de las nubes y mirarlas despacio
sin herirnos las córneas.
Late el ocaso igual que un corazón absorto.
La orilla es el reflejo, también,
de nuestra ausencia.
Si pudiera volver para decirte
que el mar está vacío ahora sin tu cuerpo.

Las mismas obsesiones, sí, pero desde una voz que guarda mejor la distancia con respecto a los temas y que demuestra control sobre los clichés, dotada de mayor experiencia y que conserva una musicalidad intuitiva e identificable. Quiero entrever en sus páginas algunos ecos de su formación periodística: la precisión en la palabra y también la construcción de algunos poemas-crónicas, donde se reviven acontecimientos vinculados a los referentes culturales que, de alguna manera, han configurado la educación sentimental de la poeta. La siguiente estrofa de su poema “John Lennon” da buena muestra de ello y también del empleo de la ironía, un recurso que se adivina a la vez crítico y liberador para la escritora:

En aquel desdichado día,
un hombre con los ojos de iceberg
escondido al final de la mañana
vendió su libertad por un revólver,
contribuyó de forma refinada a incrementar el santoral
de las causas perdida y ganadas,
cultivó la semilla de muchos conciertos,
inspiró a los diseñadores de camisetas
y arremetió una seria puñalada
sobre el azul abdomen de la Historia.

Otros elementos transversales en el libro son las anécdotas o pequeñas tramas: un flirteo narrativo en poemas como “El amor”, composición larga que sostiene su temperatura de ensoñación sobre las flores, la lluvia, el mediodía, los noviembres y la invocación de la nostalgia: (Y era triste buscar / las palabras precisas / para que se marchara). También es recurrente en el libro la pulsión vida-muerte, manifestada a menudo en lo erótico, pero nunca exenta de otras tensiones habituales en Casado (el deseo y el miedo, lo eterno y el paso de las estaciones, el sueño y la realidad) y que hacen de su poesía una invitación al vasto mundo de la imaginación de la poeta. Léanse a este respecto lo siguientes versos de “Los gritos caídos”:

Tengo un amor como tengo la noche,
de esa forma compleja y olvidada
en que se desatan las espigas.
Tengo un nombre al borde de la boca
y tengo un miedo tenaz a pronunciarlo
sin llenarme la sangre de septiembres.
(Septiembre a veces se confunde con un acantilado).

Muchos poemas de Casado abordan la temática amorosa y, más allá de ciertas imágenes románticas tomadas del cine o de la literatura contemporánea, cobran fuerza gracias a un tú lírico al que se dirige la confesión y que aparece en textos como “Para escapar a no importa dónde”. Asistimos a la convivencia con este destinatario en escenarios urbanos no siempre placenteros: Madrid es el lugar del poemario (“Madrid”), pero asoman del mismo modo Roma (“Ya no hay gatos en Roma”) o Granada (“Paseo de los tristes”). Este último poema arranca con un bellísimo verso: Aquí tu sonrisa se parece a la muerte.

A lo largo del libro, la autora remite a lecturas de Pizarnik, Caballero Bonald y Gimferrer. No obstante, sigue estando muy presente en Casado la herencia de los poetas del 27 (especialmente de Cernuda y Alberti), tanto a nivel temático como en esa forma de hilvanar imágenes tan acorde con la tradición surrealista: El año en que llegaste, / soñar se parecía a un frágil pasatiempo (de “El largo, cálido verano”). En definitiva, nos encontramos con un poemario que hay que leer porque seguramente es el mejor de la autora (por ahora) y confirma una carrera lírica que se adivina prolífica y muy interesante.

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Visitar blog de Marina Casado.

“Las hogueras azules” de Juan F. Rivero

no hay nada más hermoso
que ser frágil
en un mundo infinito.

Que una lectura comience con la palabra “Imaginemos” es una buena señal porque está invitando a un ejercicio colectivo y también porque nos recuerda la condición de fingidor del poeta y esa suerte de préstamo que constituye toda escritura. Rivero subraya esto último con una cita de Si Kongtu: “Todas las formas prestadas son absurdas”. Así el lema del libro bien podría estar contenido en estas palabras de su autor: “abrir el lenguaje, el cuerpo y la memoria al tacto breve y súbito de la imaginación”.

Rivero 1

En “Las hogueras azules” la poesía es un acto de fe: creer en lo cotidiano para rodear el territorio de lo inefable, pausar el momento de la respiración para recibir la presencia del mundo. Los primeros poemas son breves y contundentes e invitan a un silencio reflexivo que entronca el poemario con la mejor tradición poética oriental, aquella que guarda un hondo fondo metafísico detrás de una expresión aparentemente sencilla. La meditación es el método y el conocimiento consiste en intuir la propia ignorancia ( “Otoño. Amo”). Se suceden poemas efímeros de gran plasticidad, contenidos movimientos y contrastes de color y forma (“Ceden las hojas,”), poemas que buscan a menudo la disolución de la conciencia en la naturaleza, donde luz y agua iluminan igual e igualmente arrastran la imperfección limando el espíritu (“Con lentitud”). Igual que en la poesía de Basho, en la de Rivero se intuye un viaje, aunque en su caso es más bien el mundo el que se desplaza alrededor del observador.

Otoño. Amo
la claridad,
la tarde extensa,
el primer frío.

Bajo el cielo hay mil pájaros
cuyo nombre no sé.

Paradógicamente, es probable que el lector se detenga más tiempo en aquellas composiciones cortísimas (“Aún sigo aquí”, por ejemplo), en las que la ambigüedad le da el relevo al lector porque en ellas todo es insinuación de una belleza sutil e intuitiva (“Tabula rasa”). Así ocurre en la mayoría de poemas del capítulo “Primavera y verano” (“Brusca blancura”, por ejemplo), una parte que cierra con estos versos maravillosos: “si el espacio es un músculo / que jamás se destensa / y hemos sido felices / mientras se extinguía todo; / bajo una sombra u otra, / separados o no”.

Brusca blancura
de las casas del pueblo.

De las grietas más hondas
brotan los árboles.

La tercera parte del libro (“Haibun”) consta de varias prosas que desarrollan una suerte de origen de la poética de Rivero; mientras que el epígrafe cuarto (“Poemas para ser pintados”) invita a leer el que seguramente sea uno de los mejores textos del libro: “Poemas para un biombo sobre la tristeza”, que contiene algunos versos geniales como estos: “Raras veces el tiempo / se ha dejado tocar el corazón. / / Somos la mano que intenta tocarlo”. Y ya casi al final del poemario encontramos otro conjunto de poemas (“Poemas para una fuente”) que abordan la relación con el lenguaje, un tema transversal en el libro, junto con la literatura. La voz lírica se ha aproximado al término de la lengua, allí donde la poesía acomete una investigación que bien puede extraviarla en meras recreaciones (“se desvía del camino, avanza y da / con la pared de la simulación”) o revivir al calor de una cabaña, consumirse lentamente en sus hogueras azules para más tarde resurgir con una voz nueva y propia.

La complejidad sencilla de "Cosas comunes", de Zel Cabrera

“la memoria es un milagro en el que anidan
las cosas simples […]”

(Zel Cabrera, Cosas comunes)

La poesía puede ser sencilla en su forma y, no obstante, transmitir un mensaje profundo. El poemario Cosas comunes, de Zel Cabrera (México, 1988), publicado en Ediciones Liliputienses en 2020, constituye una clara demostración de esta idea. Se trata de una obra accesible para cualquier lector y no necesariamente para un lector del género poético, gracias a su sencillez externa, que a veces llega al punto de parecer más una narración o una exposición de la voz lírica, como si la poeta estuviera hablando directamente con sus lectores. Esa espontaneidad, esa cercanía, combinada con el mensaje, es lo que produce, en el caso que nos atañe, el efecto tan anhelado de la identificación entre lector y autor.

Cubierta de Cosas comunes, de Zel Cabrera (Liliputienses, 2020)

A través de sus versos, Zel Cabrera abre las puertas de su mundo particular a sus lectores. Nosotros tomamos su mano y vamos avanzando página a página, distraídos con su cotidianidad, conociéndola poco a poco, igual que cuando comienzan las amistades. De hecho, al terminar el libro la sentimos cercana: deja de ser la autora, ese ente abstracto habitante tras los versos, para convertirse en Zel, un ser humano que sufre, que disfruta; que vive, en suma. Una persona con miedos, con deseos, con pequeñas manías, amante de los perros y del ruido de los aviones. Un ser imperfecto y acogedor que se va perfilando en cada poema.

Esta obra es, en cierto modo, una declaración de intenciones de la escritora. Con valentía, hace acto de presencia en sus poemas, se desnuda, líricamente hablando, ante sus lectores. No esconde sus angustias en símbolos o en metáforas: cuando está triste, así lo manifiesta, aunque confunda la tristeza con el cansancio o con el hambre y su perro, esa personificación de la inocencia, sea el único capaz de distinguir sus emociones. Hay sabiduría en la sencillez, parece recordarnos. También habla a menudo de su madre, desesperada por llevarla por el camino de la rectitud, o de su padre, más políticamente incorrecto, que de madrugada canta boleros y ve combates de boxeo. Incluso de su abuelo, o de la ausencia de su abuelo, reflexionando así sobre la muerte con precaución, incluso con miedo que no trata de ocultar. Con el mismo cuidado se acerca al amor, aunque defiende que “no es bueno pronunciar amor / cuando el silencio es la palabra”. Para ella, la poesía no puede abarcar la magnitud del sentimiento.

La voz lírica de la autora se presenta como una joven de carne y hueso, corriente y, al mismo tiempo, distinta. Se esfuerza por marcar esa línea desde el principio: la separación entre “los otros” y ella. Ella como creadora, como dueña de una visión que dista del resto: “Porque las mujeres como yo, se casan con sombras / y polvo que se consuela entre los libros, / porque no sé tejer bufandas, / ni rebanar pimientos”, “Yo también lavo mi ropa los domingos, / la tiendo toda en el balcón / sin miedo a las miradas indiscretas”. La poeta se retrata, así, como políticamente incorrecta –más parecida a su padre que a su madre–, pero fiel a la verdad sobre sí misma. Y refleja esa verdad en todos los poemas, pero quizá especialmente en su magnífico y sincero “Autorretrato”: “Escribo que tengo 27 años y todavía le temo / a las escaleras sin barandal”.

Escribía anteriormente que los lectores vamos avanzando por sus versos distraídos con su cotidianidad, atraídos por esta cercanía, pero frecuentemente nos vemos obligados a detenernos en la lectura; cuando nos topamos, de repente, con una reflexión profunda, disimulada entre esas cosas cotidianas. El libro, de hecho, está plagado de este tipo de reflexiones, por lo que consigue elevar lo rutinario a un plano espiritual, lírico. Lo hace a través de símbolos desvelados, de metáforas próximas al aforismo o, incluso, a la greguería: “La ropa íntima es esa verdad a media voz que se susurra, como un secreto”, “Las tijeras son una goma borrando los lugares en los que la memoria ya no paseará”, “ese encanto de partir un pliego en dos como un Moisés dividiendo el mar negro”, “las velas son un faro en miniatura que soplo y apago para perder la ruta”, “El autobús es una maquinaria de objetos perdidos, grabado en el epitafio de los condenados a la espera”.

Por último, a lo largo de la obra no dejamos de notar el acervo cultural de la poeta, cuando los personajes de Shakespeare, Julio Verne o Jack Keroauc aparecen tranquilamente por sus versos, como flotando, o cuando hace alusión a algún mito, como el de Sansón y Dalila, para asociarlo a un acto tan cotidiano como cortarse el pelo.

De este modo, Zel Cabrera simplifica las reflexiones más hondas, los sentimientos más profundos; los envuelve de una aparente sencillez que atrae al lector. Porque la poesía, finalmente, es conseguir partir de la experiencia personal para alcanzar un mensaje universal.

Música y poesía

Si algo hemos aprendido del arte es su capacidad por nutrirse de las distintas áreas de la vida dando lugar a un producto, si no nuevo, armonioso. Los Bardos han tenido la oportunidad de demostrar que música y poesía pueden enlazarse en eventos muy dispares, desde la combinación temática estructurada en concierto y recital poético como fue el evento del 22 de febrero en la Librería La Lumbre. En este encuentro Los Bardos y Sebastia, bajo la temática del amor y superación de uno mismo, presentaron un marco donde se alternaba la actuación en acústico de la cantautora Sebastia con los poemas de Marina Casado, Julia L. Arnaiz, Guillermo Marco, Olira Blesa, Andrés París y Eric Sanabria; dando lugar a una combinación perfecta donde, cual marejada, un mismo sentimiento se manifiesta bajo letras y compases como fuente de empatía entre los artistas y el público.

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-con Sebastia en La Librería La Lumbre-

Otra oportunidad que han tenido Los Bardos al abrir la puerta al lenguaje musical fue el pasado 7 de abril de nuevo en La Librería La Lumbre con un proyecto de m:re music: Donde resuenen las palabras. Este proyecto comenzó a formarse en septiembre del año pasado en el que m:re music propuso a Los Bardos un proyecto atractivo a la par que ambicioso. Olira Blesa, Laura Navarrete (poeta que representó a Debbie Alcaide), Guillermo Marco, Alberto Guirao, Marina Casado, Andrés París, Julia L. Arnaiz y Eric Sanabria guiados por Víctor (m:re music) interiorizaron en el significado de la poesía y su conexión melódica. Tras una entrevista, m:re se lanza a la elaboración de una serie de piezas musicales que acompañarían el recital poético del 7 de abril. M:re music quiso sorprender con una puesta en escena que mezclara los sentidos auditivos y visuales, por ello, a cada una de las piezas le fue asignado un color que teñiría el fondo del escenario de La Lumbre mientras los poetas recitaban uno por uno.

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-cartel del evento “Donde resuenen las palabras”-

Teñido por el ánimo poético, m:re music se manifestó a sí mismo no solo como artista musical, sino también poeta, introduciendo hacia la mitad del evento una pieza desconocida para el grupo y un poema escrito por el propio m:re music; dando así el resultado de un evento diferente, ambiguo a todo lo que Los Bardos habían presentado hasta entonces, pero ganándose el aplauso del público y su interés porque esta experiencia no quedara solitaria en la historia de Los Bardos ni en un recital. Parece que no será esta la única ocasión en la que Los Bardos den la mano a nuevos retos imbricando poesía y el resto de las áreas del arte.

Poesía, amistad y naturaleza en el ELVA

Foto de familia del ELVA. En Gáldar, Gran Canaria

La poesía es algo más que una torre de marfil desde la que aposentarse y contemplar el mundo. También es conocer, compartir, vivir. Esta semana, he vivido junto a cinco compañeros bardos (Andrés París, Eric Sanabria, Alberto Guirao, Julia L. Arnaiz y Olira Blesa) una experiencia inolvidable en un marco natural que no podría ser más poético e inspirador. Hemos participado como invitados en la segunda edición del ELVA (Encuentro de Letras y Versos del Atlántico), cuyos actos se han desarrollado en diversos puntos de la serranía de Gran Canaria: Gáldar, Barranco Hondo de Abajo, Caideros y Juncalillo.

Marina Casado, Andrés París, Julia L. Arnaiz y Vasco Macedo ante un fondo de niebla

La mañana del viernes 12 de abril, una densa niebla nos recibió a nuestra llegada a Juncalillo, a la casa cueva donde nos alojaríamos. Era un lugar mágico, casi aislado de la realidad, alejado de los estereotipos turísticos que asocian a Canarias como un destino de sol y playa. Nuestro anfitrión, el poeta Manuel Díaz García, nos explicó más adelante que Juncalillo (perteneciente al distrito de Gáldar) formó parte, en tiempos, de un importante poblado aborigen llamado Artevirgo. Los paisajes que lo componen, heridos de flores multicolores y vientos que juegan a despeinar las ideas, dejan paso a la caída de la tarde a un observatorio astronómico natural en el que la luz más honda es la de la luna. El sábado por la noche, apostados junto al cementerio –en un paraje que hubiera hecho las delicias de cualquier poeta del Romanticismo–, el divulgador estelar Aday Gil Díaz nos enseñó a distinguir las constelaciones y nos mostró con su telescopio algunas estrellas como Sirius o Betelgeuse. También pudimos mirar los cráteres y los mares de la Luna. Otro día, Manuel lideró una auténtica expedición por las montañas de Juncalillo hasta llegar a las ruinas de una mansión abandonada, un lugar también muy becqueriano, con la fuente y los bancos de piedra del antiguo jardín devorados ya por la naturaleza. Después, el valle se cubrió de niebla como si de un algodonoso manto se tratara y el atardecer puso un broche de arrebol a toda aquella belleza.

Juncalillo, Gran Canaria

Inmersos en esos paisajes se desarrollaron los actos del ELVA, en los que nos solo aprendimos de la mirada y la pasión de los poetas y estudiosos canarios a través de recitales, talleres y conferencias (el propio Manuel, Antonio Arroyo Silva, Eusebio López, Berbel, Pepa Molina, Olivia Falcón, Beatriz Morales, Nicolás Guerra, etc.), sino que también conocimos a poetas de otros puntos de la geografía mundial, desde Carmela Linares, de Málaga, hasta Mohamed Ahmed Bennis y Khalid Raissouni, de Marruecos, pasando por Sandra Santos y Vasco Macedo, de Portugal. Hubo lugar para el homenaje a poetas canarios: Cristóbal Rafael Pérez Vegas, Ángel Morales García y Baltasar Espinosa Lorenzo. Los escritores canarios demuestran el orgullo por sus raíces y su cultura, una pasión contagiosa y la mirada abierta al universo.

Rodeados de tantos amigos inspiradores, los Bardos tuvimos ocasión de presentar nuestra Antología y recitar varios poemas. Por mi parte, también impartí una conferencia titulada Como naipe cuya baraja se ha perdido. La soledad del poeta en el mundo, que tuvo como protagonista, por supuesto, a mi adorado Luis Cernuda.   

Han sido estos unos días inolvidables, que permanecerán en el recuerdo y en nuestros versos, que nos conducirán a regresar un día a las tierras del antiguo poblado de Artevirgo para seguir aprendiendo de ellas y de sus gentes, de los colores que componen su bello alejamiento de la realidad. Desde aquí, queremos mostrar nuestro agradecimiento a todas las personas que lo han hecho posible, con un especial reconocimiento a Manuel Díaz García, fantástico idealista contemporáneo, poeta y apasionado rapsoda, el responsable de nuestra presencia en el ELVA, y de la propia existencia del ELVA. La poesía no es una torre de marfil cuando detrás de ella laten seres humanos.

Capturando las nubes de Guillermo Marco

Guillermo Marco y Javier Martínez Ruiz presentando Otras nubes en La Casa Encendida

Hace casi un año que los Bardos presentamos nuestra Antología. Llovía en Madrid y la biblioteca de La Casa Encendida se hallaba abarrotada de amigos, familiares y admiradores. Era nuestra “puesta de largo”. Casi un año más tarde, algunos bardos regresamos al mismo lugar para acompañar a Guillermo Marco en la presentación de su primer poemario, Otras nubes, con el que ha obtenido un accésit del 72º Premio Adonáis de Poesía, la misma edición en la que yo quedé finalista y gracias a la cual pude conocerlo.

Guillermo ha sido el último bardo en incorporarse al equipo, cuando nadie esperaba ya nuevas incorporaciones. Fue algo rápido y casi espontáneo, como si hubiera sido bardo desde hace mucho tiempo y anduviera por ahí perdido, esperando que lo encontráramos. En la primera reunión a la que asistió, nos sorprendió con una serie de poemas cortos, profundamente reflexivos, que ahondaban en su cotidianidad dejando ingeniosos flecos de existencialismo, muy a la manera de la Generación del 50. Tras aquella primera reunión, supimos que ya era parte del grupo.

El caso es que cuando volvimos a La Casa Encendida el pasado jueves 28 no llovía en Madrid, pero la biblioteca se hallaba igualmente abarrotada. Publicar un primer libro es algo muy especial, una especie de comunión pagana en la que de repente es posible reunir a personas de ámbitos muy distintos, personas que nunca esperarías ver en la misma sala, unidas por su ilusión para con el nuevo vate. Presentaba el evento el filólogo Javier Martínez Ruiz, profesor de Guillermo en el instituto Duque de Rivas, que le descubrió a uno de sus grandes referentes poéticos: Claudio Rodríguez.

Portada de la obra Otras nubes, de Guillermo Marco

Tras su fructífera intervención, en la que destacó el don de palabra de su ex alumno y la profundidad de sus versos, llegó el turno del propio Guillermo, que hizo las delicias del auditorio con un recital corto y hondo, como su poesía, amenizando la lectura de poemas con comentarios acerca de su génesis, comentarios que también retrataban fragmentos de su vida, sus sueños, sus recuerdos; porque, como él mismo confesó, la poesía refleja la personalidad del propio poeta. Aunque no está de acuerdo con la idea de la poesía como instrumento terapéutico o recipiente de victimismos, sostiene que la experiencia vital resulta fundamental como base desde la que partir, elevando lo cotidiano a un plano casi metafísico, tejiendo una red de sabiduría inocente y precisa. Así, en los poemas de Otras nubes aparecen sus padres, su hermana y su abuela, sus “antiguas novias” –a las que siempre recuerda sonriendo– y una anónima panadera de Puerta de Arganda. Pero también un limonero, un taxi que no se detiene y una librería que casi posee vida, que ha dado forma a su infancia y adolescencia. También “los otros Guillermos” que, como heterónimos de Pessoa, se pasean por el libro: el que debe volver, el violonchelista y el pastor, el que se ha quedado anclado en la infancia, en su pueblo. Todos estos personajes vivos –incluso los materiales–, reales y ficticios a un tiempo, ayudan a componer esa red de observaciones, de anotaciones en el diario vital, de sabiduría espontánea y limpia.

Guillermo sorprende por su vasta cultura a pesar de su juventud ­–nació en 1997– y su capacidad para conectar la poesía con entornos tan aparentemente distanciados como la ingeniería de computadores, que estudia actualmente en la Universidad Politécnica, combinándola con el grado de Lengua y Literatura Españolas en la UNED. Investiga el procesamiento y generación del lenguaje natural con redes de neuronas artificiales. Además, dirige un programa sobre literatura en la Radio del Campus Sur de la UPM.

La presentación de Otras nubes, publicada en la prestigiosa colección Adonáis de la editorial Rialp, fue todo un éxito. Nos invitó a todos los presentes a capturar una a una las nubes que componen el mosaico de su verdad, una verdad que, admitió, solo es posible hallar de forma limpia en su poesía. Cómo no aventurarse a leerlo.

Guillermo Marco firmando ejemplares de su obra en La Casa Encendida

CARACOLA

Igual que en una caracola suena el mar,
si acercas tu oído a mi boca
escucharás las palabras que callo.
olvidarás los nombres propios,
los párrafos marítimos,
los cálidos susurros.
sentirás un fresco chapoteo de palabras.
en la caracola está el mar.
en mi silencio, este libro.

(De Otras nubes)

Presentación de Otras nubes en La Casa Encendida