“A golpes con la palabra”, de Manuel Díaz García

Para llegar a la metáfora, al poema esperado, es necesario un largo camino, una lucha contra el lenguaje, un ejercicio de condensar nuestro caótico pensamiento y traducirlo en signos lingüísticos inteligibles que además susciten una cierta sorpresa en el lector, como exige el quehacer poético. El nuevo libro de Manuel Díaz García, A golpes con la palabra (Ediciones Aguere y Ediciones Idea, 2020), da fe de esa batalla mantenida por el poeta, que nos sumerge en una dimensión alternativa plagada de letras, oraciones, signos de puntuación. Con prólogo de Antonio Arroyo Silva y nota en contracubierta de Eduardo García Benítez, la obra se divide en tres secciones –“Vocales, consonantes, sílabas”, “Palabras, frases” y “La palabra exacta”– rematadas por dos anexos finales.

El poeta se identifica con los signos lingüísticos para expresar su estado de ánimo: inútil como “el fonema aislado en la palabra”, triste como la hache, oprimido “como una i minúscula a la que le pesa el punto”, frustrado “como una sílaba tónica despojada de su orgulloso acento por cuestiones ortográficas”. A la par de esa humanización de los signos, estos también adoptan el papel de enemigos y, así, al poeta “le duelen en el corazón las palabras sueltas a deshoras” y se confiesa “harto de tantos puntos suspensivos, / derrotado / por las comas, / asediado por los puntos seguidos, / y acongojado por los puntos y aparte”. La sintaxis, burlona, le increpa; la metáfora perfecta no aparece, el silencio puede ser desgranado. Y esas viejas palabras y frases muertas con el paso del tiempo le sirven para hacer crítica social: “nada / resultó tan agorero / como el día / en el que / la moral / fue prostituida / en el senado / y en el congreso / del Estado. / Temblaron / los cimientos / de la vieja Grecia […]. / Maquiavelo / saboreó / el aliento corrupto / de la política / y sintió, / que el final, / era un hecho consumado: / Todo no fue más que una falacia / conservada en el tiempo”. Las palabras del poeta se elevan desde la humildad y cantan verdades: “La nobleza interior, / ni se enseña ni se aprende, / se tiene o no se tiene / y la pedantería / no / le / llega / a / hacer / sombra”.

Junto a la crítica social existe también una introspección que refleja un cierto tormento inherente al alma del poeta: “Dejadme a solas con mi muerte, / que tenemos mucho que reprocharnos”, “Lloro porque no lloro, / río porque me sangra el alma, / en este sentido sin sentido, / que es la risa del llanto, que nos ahoga”. Desde esta perspectiva, el poema IV de la tercera sección se erige como uno de los más estremecedores del libro: “Estoy pariendo muertos desde mi vientre cementerio, / y cada gestación me dura / lo que tarda una lágrima suicida en arrojarse al abismo del olvido imposible”. Y junto a la muerte, aparece también el amor: “Junto a ti el amor, / es un gerundio eterno / que me colma / más allá de cualquier expectativa soñada”.

Manuel Díaz García se entrega a la poesía con autenticidad y sin ambages, con la experiencia de un gran lector y de quien lleva luchando toda una vida por la literatura. Creador del Festival Internacional de Literatura “ELVA, Encuentro de Letras y Versos del Atlántico”, del “Artebirgua Literario. Letras en la Cumbre” y del Nanoteatro Mental, director del proyecto cultural “Poesía Viva de la Atlántida”, ha publicado anteriormente los libros Memorias de un hombre olvidado, El labrador de versos, Con Gáldar en el corazón y Nostalgia del olvido.

Manuel Díaz García, nómada de la memoria

Manuel Díaz García en 2019, durante la presentación de Nostalgia del olvido en Telde, con los poetas Ángel Morales (izquierda) y Antonio Arroyo Silva (derecha)

La poesía, la gran poesía, no miente; contribuye a perfilar la identidad de su autor, a leer las páginas de su alma, de los paisajes y personas que colorean su biografía. Un poeta es vulnerable en sus versos, pero dicha vulnerabilidad resulta necesaria para alcanzar la trascendencia.

La poesía de Manuel Díaz García es sincera y valiente como el poeta. Honda y entrañable, pareja a la personalidad de este canario que siempre guarda una sonrisa y una palabra amable. Hace unos meses, participé junto a varios compañeros bardos en el Festival Internacional de Literatura ELVA (Encuentro de Letras y Versos del Atlántico), creado por Manuel. Tuve el privilegio de adentrarme en su tierra, en los paisajes de los que beben sus versos y su sentir poético, en la generosidad y la alegría sencilla de las gentes de Gáldar, con sus historias a flor de piel y sus leyendas maravillosas que entroncan con un pasado mítico. Aunque los versos de Manuel resultan accesibles para cualquier lector con un mínimo de sensibilidad, la interpretación y la multiplicidad de matices que posee se revelan con el conocimiento del mundo rural canario. Por ello, tras pasar aquellos días de ensueño entre las montañas álgidas y amarillas de Juncalillo, tras haber conocido al propio Manuel, con su alegría contagiosa y plagada de claroscuros, me siento con más capacidad para hablar de su poética, para entenderla.

Ediciones Aguere, 2018

Nostalgia del olvido es, en palabras de José Antonio Santana Domínguez –desarrolladas en la contracubierta del libro–, “un poemario maduro, diferente a lo que su autor ha hecho hasta ahora, atrevido y valiente”. En el fantástico prólogo, el poeta galdense Ángel Sánchez –Premio Canarias 2018– afirma que se trata de “un combate entre el olvido y el recuerdo”. Hay un dolor hecho palabras que se despliega en toda la obra, que nubla la lectura con una luz crepuscular y olorosa. En esa batalla vence siempre el recuerdo, como se explicita en el primer poema: “Susurra, tímido, el olvido al recuerdo, / éste sonríe con malicia; /se sabe victorioso… / Está lleno de dolor”. El poeta desea alcanzar una dimensión imposible, añorada ya por Luis Cernuda en el pasado siglo, en aquellos “vastos jardines sin aurora” de su obra  Donde habite el olvido. La influencia de la Generación del 27 es notoria en la obra de Manuel. El propio título, tan cernudiano, recuerda también a ese otro de Emilio Prados: Memoria del olvido. La memoria, el recuerdo y el olvido constituyen grandes temas en la lírica del siglo XX, cuya huella deja un poso de tristeza, una “pena negra” mencionada por Federico García Lorca y presente también en el nuevo libro de Manuel, concretamente en el poema “II”. El tono elegíaco trae los ecos de Miguel Hernández y de su canto fúnebre al amigo Ramón Sijé. No falta tampoco el vanguardismo entre estas páginas, presente en los experimentos de poesía visual, entre los que podemos hallar, incluso, algún caligrama. Usa neologismos –“Repicadoblan las campanas”–. Sin duda, detrás de la aparente sencillez de la poesía de Manuel se erige un corpus de lecturas y formación autodidacta, un conocimiento loable de los clásicos que sabe combinar con la propia experiencia y la cercanía al lector. Existen referencias mitológicas –Calipso, Ítaca, Leteo, el barquero Caronte, las Moiras…–. Sobrevuela un lirismo exacerbado, una melodía necesaria en poesía que a menudo se transfigura en asonancias.

Este poemario puede leerse como un paréntesis temporal, porque la reflexión sobre el dolor se realiza desde una dimensión íntima en la que el tiempo pierde el sentido: “Han pasado siglos, / diría yo”. El tiempo se detiene en el recuerdo: “Nos encontraremos, / […] en ese rincón de la memoria / donde se enraízan los recuerdos, / esperando al olvido, / y seremos dos forasteros de nuestro tiempo”. Para la muerte hay una conclusión calderoniana, recogida en La vida es sueño: “Algunas veces, / me obligo a creer, / que me quedé profundamente dormido / en una siesta a destiempo, / y que todo no es más que una maldita pesadilla”.

La voz lírica se considera a sí misma “nómada de la memoria / que va camino del calvario del olvido”. Un olvido que se identifica con la noche, mientras que lo perdido y añorado se correspondería con la luz: “la bucólica tarde; / se convirtió en una noche fría y árida”, “el espíritu anhelante de aurora / no volverá a ver la luz de aquellos días”, “y seré ese muerto impertinente / que te reitera en cada madrugada”. En este sentido, en el poema “LXXXVIII”, el poeta se opone con desesperación a esa noche de olvido. La naturaleza humanizada se constituye una estación en la que permanece el recuerdo, el tiempo extraviado. La naturaleza conoce esos “días azules” –referencia machadiana– añorados por el poeta: “me gusta pensar que, quizás así, / el alba siga creyendo que somos…”, “Detrás de los cipreses / quedó nuestra amistad / tal vez la noche / vele por ella”. En ella hay alusiones locales, como el barranco de Gáldar y “Papartolito”. Las raíces del poeta se mantienen de forma constante y, en este punto, también hay un rechazo constante del olvido.

En esa imposibilidad del olvido se haya la identidad de la voz lírica, forjada a base de recuerdos y de dolor. El dolor, parecen gritar los versos, es humano, nos convierte en humanos. El presente poemario es un canto de humanidad, de añoranza y de claroscuros, sólido en cuanto a intensidad lírica, como lo muestran estos versos: “y en la madrugada maldita de mi alma, / hay tres sepulcros; / uno vacío, / otro, lleno de pena / y el tercero, / guardará eternamente / lo tuyo y lo mío”. Para quienes aún no conozcan al poeta Manuel Díaz García, este libro es un magnífico adentramiento en su poética. No puedo dejar de recomendarlo.