Poema de Débora Alcaide

F2

 

En tus ojos vi cómo me imagen se diluía,
se destruyó mi individuo para crear un nosotros,
aprendí a andar con otros zapatos,
pero tras cinco pasos me vi caer.
Dulce noviembre de nuevo me fallaste,
conté los segundos desde el alféizar
y nunca vi pasar las tres sobre tus hombros.
Desnuda, te esperé hasta las seis,
derramando en mi escote el beso de buenas noches
que perdí aquella noche en los bajos de un burdel.
Confundiste huellas con pasos,
amar con necesitar,
pusiste mil reparos a la urgencia,
pero la emergencia no eras sino tú.
Tú, tú, tú, y otra vez tú, vil caprichoso,
¿Cómo suena mi melodía desde el otro lado
del peñasco del que nunca bajé?
Gracias a tu crueldad
gané la fuerza para aferrarme al mundo,
para convertirme en el pincel,
la obra de arte venida a menos
redescubierta en la soledad de las catacumbas.
Inofensivo Laocoonte que se aferra a la vida,
hundida en la fuerza de sus manos, la terrebilitá,
ahora ardo con más brío, mis pasos fluyen
y la música es más firme en mis oídos.
A veces perder perspectiva sobre un punto fijo,
implica encontrar antes que Ícaro
la respuesta al problema de Dédalo.
He de agradecerte que me vieras crecer,
aunque no te quedaras para verme alumbrar mi nuevo espíritu.
Quizá en otra vida te pueda contar
que soy más feliz con ésta
que aquella que quise grabar en tu manos.

© Débora Alcaide, 2019