El último poemario de Alberto Guirao forma parte de esa generación de libros que vieron la luz en el fatídico 2020 y que todavía no han podido tener una buena presentación en sociedad, a pesar de estar publicado nada menos que con Hiperión. Alberto Guirao, que estudió conmigo Periodismo en la Carlos III y al que la carrera le sirvió para lo mismo que a mí –sacarse unas oposiciones y convertirse en profesor de instituto de Lengua y Literatura–, va por la vida con un aire muy curioso de eterno despiste, de pasar por allí casi por casualidad, de escribir poesía como quien se pone a cocinar bizcochos. Es solo una fachada, porque, en realidad, Alberto sabe lo que hace y cómo lo hace; detrás de cada uno de sus poemas hay una cuidadísima elaboración y un auténtico arsenal de lecturas.

Y así, a lo tonto, ya es autor de tres poemarios premiados: Ascensores, que obtuvo el II Premio de Poesía Marcos R. Pavón; Los días mejor pensados, galardonado con el XII Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande, y el más reciente, Ulises X, Premio “Valencia Nova” de la Institució Alfons El Magnànim.

Cubierta del libro, con ilustración de Candela Sierra.

Siguiendo la estela de sus libros anteriores, el nuevo libro se plantea en torno a dos ejes principales: el viaje y la búsqueda de la propia identidad. El propio autor confiesa en una nota final que el poemario fue “gestado como una larga novela”. También en cuanto a narratividad, porque puede entenderse como una historia dividida en tres secciones: “Casilina” –que hace referencia a una estación de Roma–, “Madrid” y, de nuevo, “Casilina”. En cuanto a la voz lírica, es una suerte de Ulises posmoderno embarcado en una Odisea contemporánea que mezcla personajes mitológicos y literarios clásicos – Calisto, Ulises, Penélope, Pantóono, Eumeo, Demódoco, Palas Atenea, Dido, el Cíclope y las sirenas…– con elementos de la modernidad como apps, emojis o merchandising –¡incluso aparece el Happy Meal!–. “Volverá al origen de la épica: ese amante del banner en el que nunca clicamos”. Parte del encanto del libro se corresponde con esa atrevida combinación, que se refleja muy bien en los siguientes versos, en los que incluso introduce un homenaje a Lorca:

“Mientras tanto, zapear: el Cíclope presenta “Bureaucrazy, aquel survival show en el que huele a gato laminado con esa sintonía escurridiza Hay un dolor de huecos por el aire por el aire por el aire”

Federico no es el único escritor que circula por entre las páginas. También están Eugenio Montale y Raymond Carver, a quien dedica un homenaje en “Carver en Conciliazione”. Y Cesare Pavese, cuyo verso más famoso –“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”– parodia: “Vendrá la alarma y no tendrán / mi carné de identidad”. El libro está plagado de intertextualidades y de reflexiones bañadas de humor y de ironía muy al estilo de la Generación del 50: “el héroe bien acepta una pedrada a cambio de quedarse en el altar”. También se percibe una influencia del género aforístico: “Lo peor del vaso bebido hace tanto: no evocar siquiera la sed de quien evitablemente abandono”, “La mudanza está prevista en el modelo familiar”.

La familia, la herencia familiar, es de hecho un tema fundamental en su poemario anterior, Los días mejor pensados, que continúa muy presente en éste. Representa la solidez frente a lo transitorio, lo efímero del viaje. El sujeto lírico da la impresión de encontrarse siempre en movimiento: “Inaugural compromiso social: escribir poemas en aviones, sobre aviones y por la marcha abismal del provinciano. / ¿Será el exilio un agosto madrugando?”. Aviones, estaciones, mudanzas, son una constante del poemario. Se mezclan con emociones como el miedo, el amor, la incertidumbre o el arrepentimiento. Y la desorientación tan propia de la juventud. Entre las ciudades mencionadas, cobran protagonismo Madrid, donde el poeta reside actualmente, y Roma, donde comenzó a escribir la obra. Y también se plantea el regreso, la idea de patria, de hogar: “Lejana / y brumosa Ítaca Dudosos / poema o patria / a los que solo los fatuos / queremos aún regresar”.

El sujeto lírico experimenta todos estos cambios y transiciones con una suerte de ingenuidad primigenia que no se pierde: “Alguien acaba de olvidarse de sí mismo en un sentido irreversible. ¿Le esperan en la sombra de las llamadas nocturnas? ¿Han venido a por él emisarios de aquel tiempo? / Me gustaría continuar ignorando muchas cosas que ahora ignoro”. Surge, de un modo simbólico y repetido, la idea de la ceguera, de la invidencia.

Al final, el viaje también agota al héroe lírico, igual que en su día a Ulises: “La nostalgia goteaba por tu frente En un sobre llegaron tus amigos posando sin ti”. Y termina concluyendo:

“Como todos, puede / que hayamos sido felices al aterrizar y que / estas sean nuestras únicas certezas: / Algo ocurre entre ir y volver / y a casi nadie se le puede exigir / un correcto dominio del lamento”.

Los poemas están escritos en versículo, en su mayoría, y producen una impresión burbujeante: van brotando los versos, expandiéndose, fluyendo, igual que una mancha de tinta que va creciendo lenta pero inexorablemente. Lo consigue el autor mediante las repeticiones que ralentizan el ritmo, que remiten a un mismo eje, y con la supresión de los signos de puntuación, que compensa esa ralentización. Se trata de una poesía compleja, elaborada, que exige una lectura profunda para poder abarcar todo –o casi todo– lo que ofrece al lector. Un libro, en síntesis, muy recomendable, de un autor que ya ha logrado un hueco entre los poetas de su –de nuestra– generación.

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