“El emperador en Santa Elena”, de Javier de la Rosa

En 1815, tras su derrota final en Waterloo contra los británicos, Napoleón Bonaparte fue encarcelado y desterrado a la isla de Santa Elena, situada en el océano Atlántico. Allí pasó más de cinco años, hasta 1821, cuando murió a los 51, terminando así una vida plagada de aventuras, ambiciones, éxitos y derrotas.

Este año, el ampliamente galardonado escritor Javier de la Rosa (Tenerife, 1949) ha publicado con Los Libros del Mississippi la novela El emperador en Santa Elena, con ilustraciones de Charo Panero. De la Rosa se pone en la piel de Napoleón en aquellos últimos años de destierro y, a través de un estilo lírico e intimista, despliega un conjunto de capítulos que muestran lo que pudo haber sido el discurrir de los pensamientos del hombre que llegó a autoproclamarse “emperador de los franceses”.

El autor demuestra un dominio de los acontecimientos de la biografía napoleónica y de la Historia, en general: por las páginas de la novela deambulan nombres y sucesos anclados a sus recuerdos. Pero a la vez construye un Napoleón propio, sensible y reflexivo, para quien el amor se eleva por encima del resto de avatares vitales: “Mi niñez en la bruma… Mi Imperio en las brumas… Solo el amor”. De este modo, rememora en soledad a las mujeres que amó: Josefina, Laura Permond, María Walewska, Paulina, Desiré, María Luisa de Austria…

A medida que vamos avanzando en la lectura, en determinados momentos nos percatamos de que el inmenso lirismo que impregna sus páginas convierte la novela en una larga prosa poética con multitud de recursos propios de la poesía, cuajada de ritmo. Qué mejor forma de demostrarlo que citando uno de los pasajes más emotivos:

Soñé contigo, Desiré, llamo a tu nombre y me significo en ti y mis labios se aprietan y besan los tuyos en este sueño; hoy comienza nuestra historia, este amor entre los destellos de mi corazón marchito y te pienso dorada en la espesura del Bois de Boulogne y te abrazo en el encuentro de los mensajes de nuestras manos que se esfuerzan en ver su ceguera. Amor mío,… Dónde estás, si vives, dime dónde entre los fuegos y los juegos de las reyertas de las estrellas, estás tú. Se acerca el viento a la nave de mi desventura y me salpica la sangre blanca del mar, estoy describiéndote en estas líneas en mi memoria que reverdece en tu mirada y brota en el manantío de tu frente.

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